Sábado, 23 de junio de 2018

Historia o memoria

Sólo existen dos días en el año que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y otro se llama mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para amar, crecer, hacer y principalmente vivir.

Mucho se ha perdido en las mareas del tiempo, pero aun es recordado. El tiempo avanza inexorablemente, reduciendo los puntos clave de la historia en cosas insignificantes. El tiempo es el enemigo mortal del hombre, ya que arruina sus logros, y borra su memoria sin una segunda oportunidad. La historia se convierte en leyenda, ésta se convierte en mito, y éste se vuelve fábula; que es olvidada poco a poco.

La historia no tiene nada que ver con la memoria. Pues la memoria es la inteligencia de los tontos. La memoria se la hace uno mismo, la historia la hacen los historiadores. Para que el cerebro de un idiota se ponga en movimiento tienen que ocurrirle muchas cosas y muy crueles. Aquellos que solían pensar, todavía lo hacen hoy, y aquellos que no pensaban, hoy piensan menos todavía. Lo único cierto es que en la actualidad los pensadores no pueden guiar a los que hoy no piensan.

Cada día vemos y constatamos más un dirigismo soterrado de la sociedad. Se lanzan ideas a los medios de comunicación de forma que parece aleatoria, sin ningún tipo de maldad aparente, pero a base de repetirlas la audiencia se las cree y las hace ciertas. Fabrica su propia memoria que a la larga le hará actuar en uno u otro sentido.

La propaganda totalitaria siempre ha sabido que tiene que limitar su nivel intelectual, para que la entienda hasta el más estúpido del público. Es el banal blanco contra negro, en lugar de ideas complejas. El tema debe ser explosivo. Nada de palabras sabias. Hay que despertar ira y pasión, y echar leña al fuego hasta que la multitud se vuelva irracional e irresponsable. Caricaturizar al de enfrente incapacitándolo para pensar, para escribir, enseñar y con más razón gobernar.

Este año asistimos y asistiremos, una vez más y otra también, a homenajes a la memoria de la izquierda, que no a su historia, que pretenden unos pocos que sea la correcta según su punto de vista y el dinero de todos. Uno será a la poesía y como siempre a algún poeta ilustre por sus andanzas más que por sus letras. Pero seguimos y seguiremos sin recordar ni aprender. Como si no hubiera más poesía.

La poesía marxista, por decirlo de algún modo, pretende ser químicamente pura, deshumanizada, gris, simple esquema intelectual de la vida y el alma de su concepto del hombre, sazonada de un desarraigado concepto de patria además de cierta tristeza. Suele contar cosas aparentes o desvaídas como los logros del sistema o las penas del movimiento obrero sin ninguna norma moral. Los poemas de Alberti, de Cernuda, de Miguel Hernández, son unos poemas de laboratorio, sin fuerza ni hermosura, equívocos, cobardes y llorones, donde sólo se habla de sangre derramada de los débiles, donde están ausentes la pasión de la mujer y la alegría de la batalla o simplemente de la vida. Son versos que se leen como un carro falto de unto, cansinos y chirriantes. Dan que pensar si para algunos pudieron llegar a ser una cobertura intelectual para no pisar el frente de batalla, para seguir viviendo en la cómoda vida de retaguardia y del cargo.

Fenómenos que se repiten en la cabeza de algunas formaciones políticas. El camino de la nada a la cómoda vida del cargo, mientras tienen el prurito de revivir rencores pasados sin vivir ni mirar adelante. Y piensan orgullosamente que su propio malestar, mezcla de soberbia y fracaso, es el malestar de España. De ahí que imaginen siempre vivir instantes trágicos, y que aprovechen para hablar, hablar, hablar con pertinencia desalentadora y enervante. Pero la tragedia no está más que en sus interiores vacuos, y en las horas y minutos que se desperdician queriendo dar la imagen de que están por hacer cosas, pero que al no hacerlas nunca, el tiempo nunca se podrá recuperar. Por eso cuando se carece de imaginación morir es cosa de nada, cuando se tiene es cosa seria.

El ejemplo de esa memoria lo tenemos en el presente, en el ahora, en el día a día de las izquierdas españolas, donde como hace casi un siglo, todo bulle como una gusanera. Como si no hubiera pasado nada. Los mismos hombres, las mismas palabras vacías, los mismos aspavientos, las fórmulas apolilladas de antaño, las mismas sutilezas de leguleyo que ni el Derecho sabe, para los mismos problemas sin solución. Enfrentar clases al final no conduce a nada. Se puede llegar pronto al consenso con personas dialogantes y con otros objetivos, pero es muy difícil con personas que al final no saben lo que quieren hacer, y menos como hacerlo.