Domingo, 24 de septiembre de 2017

Los inmundos rincones de la indiferencia

La misma tarde del pasado 22 de diciembre, mientras los lamentos por el brutal acto terrorista realizado tres días antes en un mercado navideño de la Breitscheidplatz de  Berlín inundaban de santuarios con lamparillas y flores recordatorias de las doce víctimas mortales cada esquina de la ciudad alemana, cien refugiados libios se ahogaban bajo el Mediterráneo en apenas tres horas, en el naufragio de dos pateras en ruta hacia Italia. La obscena e intolerable distancia entre las respuestas de los corbatones gobernantes de la amedrentada Europa a ambos sucesos, da noticia de la salvaje hipocresía en que se asienta la acción política de una comunidad europea (con minúsculas) jamás a la altura de sus ampulosas declaraciones y puesta en evidencia cada vez que se enfrenta con temas de tinte humanitario. Como reacción al atentado de Berlín, aumentar la seguridad interna -y el consecuente recorte de libertades públicas- y condenar la inmigración, levantar vallas, recortar ayudas, rechazar cupos, endurecer las leyes de acogida y azuzar la xenofobia en la población, dando alas al fascismo más que rampante en el interior de sus amuralladas naciones. Como respuesta a los cien ahogados en el Mediterráneo, sumar la cifra a los más de cinco mil que el ya llamado Mare Mortum se ha tragado en el último año.

Como si la tranquila celebración de las festividades del consumismo en que han convertido los días finales del año, fuese la única preocupación de los próceres y banqueros dirigentes de los países europeos, los efectos de las tragedias, es decir, de La Gran Tragedia de las guerras provocadas y azuzadas por esos mismos próceres, el aumento del número de refugiados, son rechazados, maldecidos, escupidos, despreciados, expulsados, ignorados y empujados a la desesperación y la angustia mediante la construcción de gigantescos muros de piedra en las fronteras, infranqueables paredones de papel en forma de persecutorias leyes de extranjería y, sobre todo, mediante la siembra, difusión y enseñanza de murallones mentales contra la inmigración en las cada vez más domesticadas opiniones públicas de cada país, asociando vilmente la inmigración con el terrorismo y el asilo con la inseguridad.

Un día alguien recordará que la crueldad hacia los hombres se alzó durante lustros como un valor de convivencia, que la vileza frente al humanitarismo fue aplaudida y votada, que la ruindad para con el necesitado se escribió en las leyes y que la indecencia nos definió. Y nadie podrá contradecirlo, aunque seguro que lo silencian. Habrá pasado el tiempo y tal vez la historia oficial se escribirá un día atendiendo a la verdad y no a lo que “los hombres de a caballo” (como llamó David Viñas a los dueños de las voluntades públicas), dicen que es la verdad. Quizás nuestros descendientes, si alguno llegase vivo a alcanzar la inteligencia, puedan saber en qué corrompida realidad informativa, política, económica y cultural, en qué medianía moral, en que pantano de estulticia se gestaron en este tiempo el desprecio y la indiferencia entre los hombres. Puede que un improbable futuro manufacturado nos regale una absolución de mentira o un olvido pactado...  Pero ya nunca podremos mirar alto, ya nunca negar que, respecto al trato a nuestros semejantes, en las malolientes cuevas del egoísmo, en los oscuros pasadizos del desprecio y en los inmundos rincones de la indiferencia, perdimos para siempre la dignidad.