Lunes, 18 de diciembre de 2017

La renovación de la vida

 

 

La espiral de los ciclos rítmicos de la Naturaleza ha trazado otro giro completo que repetirá con pequeñas variaciones a lo largo de los próximos siglos, como viene sucediendo desde hace unos diez mil años. Podemos formar parte del espectáculo de la renovación permanente de la vida con sólo contemplarla. Podemos mirar ahora a lo alto y ver cómo quieren ya amarse los buitres negros y leonados. Al nivel de nuestros pies se abren las flores de los candiles, las famosas aráceas; en las praderas, las chirivitas, y las caléndulas, en los bordes de los caminos. Poco más o menos a la altura de los ojos cuelga esa estalactita amarilla que es la flor del avellano. Se desentierra la avispa inductora de agallas. Nacen sapos de espuelas en las marismas del Guadalquivir. El buho real copula en las gélidas noches. Pero si algo destroza contundentemente la idea de final, en esta última semana del año, es el tenaz desafío a su propia extinción que proclama el lince ibérico llamando a su posible consorte con un maullido: hoy la voz de la esperanza sigue proclamando que nada tiene tanto sentido como dejar al tiempo que siga creando vida.

A1 igual que en el mes pasado comentamos ese factor de los acontecimientos de la Naturaleza que es la caza hoy considerada convencional, ahora también podemos encontrarnos con otra mortandad más silenciosa, la que provocan los cepos. Si bien ha disminuido notablemente en los últimos años, está dirigida a los pequeños pájaros insectívoros que ahora acogen por decenas de millones nuestros cam­pos. Es un sistema demasiado eficaz para que las aves puedan tener la más mínima oportunidad de soslayar lo que sólo interpretan como una presa fácil, generalmente una hormiga de ala, tras la que se esconde un mordisco de acero. Bueno sería que realmente sólo fuéramos hospitalarios con nuestros huéspedes inveníales.

 

Otra de las clásicas manifestaciones de este tiempo es la formación de dormideros comunales de algunas especies de aves que generalmente no son gregarias. Es el caso de algunas rapaces diurnas y nocturnas, como los milanos reales y los buhos chicos. Y, desde luego, ver de varias decenas a varios cientos de rapaces compartiendo hasta un solo árbol para pasar las más lar­gas noches del año resulta otra de las ofertas de este tiempo. Bajo algunas piedras, o en las cortezas de árboles, en general en los intersticios, podremos descubrir los dormitorios masivos de arañas opiliones, cochinillas de la humedad, mariquitas. Incluso cabe encontrar mariposas adultas hibernando, o sus crisálidas.