Martes, 26 de septiembre de 2017

Un retablo de maravillas en El Abadengo, escenario para la vida de Santa andariega

BAÑOBÁREZ | El grupo Lazarillo de Tormes representó el montaje ‘Teresa, la jardinera de la luz’, de Denis Rafter, en la iglesia de San Pedro Apostol

La iglesia de San Pedro Apóstol de Bañobárez acogía este montaje teatral

Sin salir de la Diócesis de Ciudad Rodrigo, el grupo teatral Lazarillo de Tormes completa este fin de semana de diciembre, con otra actuación, en otro de los pueblos que a esta Diócesis pertenece. Nos referimos a Bañobárez. Es como si con la representación que tuvo lugar en la catedral de Ciudad Rodrigo la semana pasada, una campana hubiera sonado por la comarca anunciando la presencia de “Teresa, la jardinera de la luz”. Y es que no se puede negar la evidencia de la estela que va dejando esta original, amena y a la vez didáctica obra de teatro de Denis Rafter, guionista y director de excepción, y muy vinculado así mismo a todo lo que al teatro mirobrigense compete. Quien conoce los trabajos de este dramaturgo irlandés ubicado en nuestro país desde hace tantos años, sabe de la gran belleza estética de los mismos; y el mimo con que cuida sus textos, que en muchas ocasiones, como en el trabajo que nos ocupa, tocan muchas de las facetas que abarcan la vida del ser humano: amor, humor, inteligencia, voluntad o vulnerabilidad, creando así un retablo de sensaciones y sentimientos a los que el espectador no puede ni quiere escapar.

La iglesia de San Pedro Apóstol de Bañobárez, recibió pues este montaje teatral, en el que, volvemos a recordar, sin miedo a caer en el tedio, se nos presenta a una Teresa de Jesús cercana y casi desconocida. “Teresa, la jardinera de la luz”, cuenta también con la suya propia para alumbrar todos los intersticios de la vida de la carmelita, que aflora como una totalidad luminosa y llena de matices de color, propios de un día de primavera. No importa el frío que haga fuera o lo gris que sean las tardes de finales de otoño, Las iglesias se recargan de energía humana cuando lo que se narra en el altar de cada una de ellas es una historia de la altura humana y espiritual de Teresa. Está sazonada, pues, con ingredientes que no permiten que bajemos la guardia, como su sentido del humor, de la justicia, la misericordia; sin olvidar la hermosura de la escenografía que la envuelve. Bien dice Javier de Prado, productor del montaje, que en una iglesia se reúne toda la fuerza del ser humano, y que en ocasiones como éstas se intensifica, pues somos conscientes de nuestra ambivalente naturaleza de hombres tocados por una esencia que nos trasciende.

Delante de un maravilloso retablo renacentista, probablemente uno de los más valiosos e ignorados de la diócesis de Ciudad Rodrigo, y que data del siglo en el que vivió Teresa de Jesús, el XVI, un grupo de hermanas carmelitas hablan de ella con vigor y entusiasmo. Nos referimos, una vez más, a las actrices de Lazarillo de Tormes, que les dan vida, y que con una calidad profesional encomiable, se muestran como el reflejo de lo que la madre ha conseguido en su vida y con sus vidas. Están frente a un padre dominico, enviado de la Inquisición, que tiene que investigar a una mujer que se ha atrevido a reformar una orden religiosa de mujeres, y a codearse y plantar cara a lo más selecto de la sociedad de hombres dominadores, incluido el propio rey. Acostumbrados a relegar a la condición femenina a un plano casi invisible, parecía inaudito la revolución que el carácter y la forma de actuar de una pobre monja estaba suponiendo dentro del orden establecido. Pero más inaudito aún, y que conmueve plenamente a los espectadores de la puesta en escena, es la valentía y soltura con que las hermanas defienden a Teresa, que va aumentando en intensidad, según son conscientes de lo que su querida madre les ha transmitido, y que los más poderosos no pueden entender ni consentir.

Auténticos hábitos de paño de estameña, confeccionados con lana de oveja por manos carmelitas en telares artesanos, y otro negrísimo, el del padre dominico, oscuro como la institución a la que representa, la Inquisición, conforman todo el vestuario del montaje. El púlpito del reverendo y el órgano del maestro Salinas completan el atrezzo de la escenografía. No hace falta más. Es la austeridad e inocencia frente a la arrogancia y la prepotencia. Sin embargo, la música renacentista y las canciones de la época envuelven a todos los personajes por igual, reforzando con sus notas situaciones y palabras que quedan impresas por sí mismas en el público asistente. Sabemos de una Teresa moribunda que espera en lo que esta iglesia se acaba de convertir, el convento de Alba de Tormes, a que sus hermanas la acompañen en sus últimos momentos. Y sin embargo éstas la hacen nacer de nuevo, narrando al padre inquisidor todo lo que ha sido el camino de Teresa desde sus primeros momentos. Sus hechos, palabras y obras son el mejor de los retablos y alumbran con luz propia.

El brillo del pan de oro del retablo de san Pedro apóstol, se puso en 1583, un año después del fallecimiento de nuestra protagonista. Allí ha quedado durante estos cinco siglos, para ser el luminoso marco en el que se presentara a los espectadores de Bañobárez. Se convertía así, a pesar de su riqueza, belleza y valor de sus preciosas tallas, en parte del escenario de lo que parecía ser lo esencial: todo lo narrado en “Teresa, la jardinera de la luz”. Una mujer que no está presente, nos resulta, sin embargo más viva que el resto de los que realmente sí lo estaban. Sus palabras, escritos y todo un reguero de fundaciones de conventos por esos caminos, que dieron cabida a otras formas de vivir y amar, son suficientes para entender lo que de verdad deja huella. En la obra de teatro, “el retablo de las maravillas” de Cervantes, tan inmerecidamente poco recordado en este año de su aniversario, se nos narra una curiosa historia que nos habla de esto. Unos pillos llegan a un pueblo y en un retablo, especie de teatrillo de títeres, dicen estar representando una pieza que sólo pueden ver los auténticamente honestos. Nadie reconoce la farsa pues todos sospechan de sí mismos. Cuando alguien ajeno al engaño desvela la verdad, nadie tiene la humildad de callar y reconocerse culpable, y empiezan los enfrentamientos.

El deslumbramiento de las cosas mundanas tampoco pudo con Teresa de Jesús, y seguramente no hubiera visto brillar lo dorado del retablo de esta iglesia, sino la vida de las figuras que en él representan toda la historia de la salvación de los hombres, y que gira en torno a su amadísimo Jesús de Nazaret, por cuyo amor cambió su vida, su mundo y el de los que la rodearon, para conseguir algo mejor para todos. Esta es la luz que sigue llevando por esos caminos esta obra de teatro, que hace que todo tipo de públicos la entiendan, porque a pesar de la gran inteligencia, preparación intelectual, literaria y religiosa de esta mujer, fue ante todo un ser humano que aprovechó para sus fines, todo lo que el Cielo le había regalado, incluido el buen y el mal humor.

Los impresionantes muros de granito de la parroquia de Bañobárez, que datan del siglo XV, y la riqueza de su interior, que abarca muchos estilos de distintas épocas, eclipsan de alguna manera toda la amplitud histórica de este pueblo que puede vanagloriarse de poseer vestigios que datan de la Prehistoria, o el tiempo de los romanos, del que conserva una estela, o incluso originales sepulcros visigodos. Son huellas del paso de los hombres por este mundo, con sus culturas y formas de vivir, gracias a los cuales hemos llegado hasta aquí. Sin embargo, nuestra condición sólo nos deja ver el fulgor de lo perecedero. Gentes como Teresa de Jesús hacen que cambiemos nuestra mirada. Si la desviamos un poco, este pueblo nos ofrece también su ermita del Humilladero en honor al Cristo de la Salud, patrón de la localidad. Construcción mucho más pequeña y sencilla, con una campana en lo alto que puede darnos toques de atención con respecto a otros aspectos primordiales de nuestra existencia. Nuestra santa, a pesar de llegar a serlo, tuvo una naturaleza frágil y enfermiza que le hizo sufrir mucho. Pero esto no doblegó su voluntad, porque ella tenía claro de donde venía su fuerza y poder, y vivió con entrega y alegría. Descubrió el don de la misericordia, y en este año 2016, que el Papa Francisco le ha dedicado, Teresa hubiera sido una gran dama de Honor. Tuvo compasión de las debilidades del ser humano porque ella lo era, y también las tenía. Y a fin de cuentas, cuando nos vemos atenazados por la enfermedad, daríamos todo lo que poseemos, con tal de recuperar la salud.

La vida es lo más importante que se nos ha dado, y vivida en plenitud, desde el corazón que compartimos, podríamos prescindir hasta de la salud que tanto obviamos cuando la tenemos. En este 4 de diciembre, Día Internacional del Voluntariado, no podemos olvidar a tantas personas que viven así, con la plenitud de saberse útiles para los más débiles. A veces no sólo enferma el cuerpo, sino también el alma. Todos estamos “enfermos” de alguna manera, y podernos acompañar y cuidar mutuamente nos permite reconocernos humanos, iguales y un poco más sabios. Los vecinos de este lejano pueblo de la provincia de Salamanca, no se olvidan sin embargo, cada 14 de septiembre, festividad del Santísimo Cristo, de pedir salud. “Teresa, la jardinera de la luz”, les dio la oportunidad de aplaudir las cosas que de verdad valen la pena. Y como bien sabemos ya, para ella, “aunque todo se pierda, sólo Dios basta”.