Domingo, 24 de junio de 2018

¿Qué nos queda?

*La siguiente columna no pretende ser una acusación ni una excusa. Solo una denuncia generalizada a todo acto de corrupción, por menores que sean sus repercusiones, pues toda violación de la honestidad pone en cuestión un sistema que se basa en la confianza en que el otro hará su trabajo. 

Escribo de noche. Enervado y somnoliento. Como regresaba de Burgos hace unos días tras perder con el equipo de baloncesto que entreno después de que el despertador sonara temprano, algo así como a las cinco y media, con los jóvenes –y no tanto– regresando de fiesta a macerar sus borracheras en habitaciones que a duras penas reconocerían por el tacto de una revista pornográfica o el pintalabios que dejaron mal colocado antes de salir. Escribo entre airado y decepcionado, tras alcanzar la convicción interna de que fuimos engañados en aquel partido, pues aunque lo perdiéramos con la justicia de quien no trabajó con intensidad durante la semana, sufrimos la acción tramposa de quien, luego lo supe, era juez y parte, una oficial de mesa emparentada (esposa) con el presidente del club que se dedicó a obviar las faltas del jugador número 6, estrella del equipo local y factor decisivo, a la postre, en el desenlace del encuentro (¿injusticia prosaica?).

 

Escribo cabreado. Por no haber estado atento o haber indicado a mi ayudante estar especialmente alerta de este tipo de situaciones. Olvidé que viajábamos a uno de los oasis de ese desierto de interior que es la meseta, a una ciudad, como el resto, con ese aire provinciano que separa pronto a los suyos de los otros. Me dediqué a intentar hacer mi labor dando por hecho que todos lo haríamos, aceptando los errores propios de lo que es humano y comprensible: una falta aquí, otra allá. Como se fallan tiros, pases, se gestionan mal las rotaciones, las decisiones tácticas o la estrategia a lo largo de un partido.

 

Ya les digo, tengo la certeza de que un par de faltas le fueron anotadas a otros compañeros permitiendo a un jugador importante disponer de más minutos en la cancha. Lo sé no porque me lo dijeran los padres de los chicos, epítome de la parcialidad, sino porque ya tuve esa impresión in situ y me la corroboró un jugador que entrené el año pasado y que, él sí –y no yo–, representa el culmen de la honestidad. Un chico de catorce años que presenció en sus carnes de qué va esto que llamamos mundo, cuál es la vileza de que está compuesto, aunque este acto, interpretado en su correcta escala, pueda pasar por anecdótico entre las enormes montañas de corrupción que nos circundan. Y sí, me basta la sospecha moral, la convicción interna y la asunción de la injusticia para dar por ciertos los hechos. No necesito procesos de cinco años para que un juez que no ha estado presente, que tiene sus propios intereses y vicios, que duerme mal si su hija va mal en el cole o si sufre de impotencia, lo determine.

 

Escribo desde el escepticismo, corriente a la que me abracé toda vez desperté del sueño de la infancia y descubrí lo mal que casa el mensaje evangélico (otras mejillas, amor al prójimo,...) con el día a día de las sociedades urbanas, de las comunidades humanas, de todos aquellos grupos capaces de darse a sí mismos principios y normas básicas para limitar la arbitrariedad en el ejercicio del poder o poner fronteras a los propios derechos y libertades en pos de la convivencia pacífica y el progreso de las sociedades. Y es que en ellas, a la par que rige la presunción de inocencia, el “in dubio pro reo” o el “non bis in ídem”, sobreviven con impunidad verdaderos canallas que un día falsean el acta de un partido y otro blanquean dinero. Fuera del deporte, por favor. Dejen limpio, al menos, este refugio.