Domingo, 24 de septiembre de 2017

Vasallaje

Nadie esperaba otra cosa, pero como si los hubiesen tenido escritos de antemano,  los ataques, insultos y descalificaciones a las formaciones políticas que no se sometieron al lagotero servilismo ceremonial hacia Felipe de Borbón y su familia en la apertura de la última legislatura, han florecido y adornado (más bien babeado), la práctica totalidad de las portadas de una prensa de papel ya ni papel de prensa, los titulares de los espacios informativos y las santas indignaciones de los más zalameros y renombrados contertulios teleradiofónicos de prime time, además de servir de coartada, asunto y tema para que los dirigentes de unas muy patéticas (y aplaudidoras)formaciones políticas, dispongan de nueva munición de acoso y derribo a quienes no se sumaron a su besamanos.

Como abducida por una especie de fe ciega en su propia naturaleza secundaria, la clase política española, salvo las excepciones parlamentarias que se negaron al juego de la superchería democrática que significa la presencia de la monarquía en la apertura de la legislatura, han dado muestra una vez más de la endeblez de sus principios, de su bovina naturaleza, de sus artificiales unanimidades internas y de una modorra intelectiva que, a fuerza de silencio, tiempo y rutina -y notable incapacidad para pensarse-, ha terminado por infectar de medianía, desconfianza y baratura cualquier atisbo que pretendan de autenticidad.

Cuando las formaciones políticas utilizan el insulto en vez del argumento, gran parte de su discurso se inutiliza. Si lo hacen además con la muy provinciana y pueril mentalidad de censurar la mera apariencia externa, su lenguaje se abarata. Insultar al que, con educación y en uso de sus atribuciones, se niega a someterse a la ñangotera costumbre del aplauso unánime y pelotero a la monarquía (un caro anacronismo impuesto por el dictador Franco y tan inútil para el desarrollo social de un país y su crecimiento democrático como cualquier otra que tuviese en su autoregeneración la justificación de su existencia), retrata muy bien al que lo hace y al que lo ordena o, quizás, revela más su forma de no pensar; denuncia la acomodaticia levedad de sus principios sobre lo que es y debe ser la representación democrática y el gobierno del pueblo, revelándose especialmente grave y doloroso en personas cuyo cometido debería ser, precisamente, representar y ejercer esa soberanía.

Cuarenta años después, y a la vista de en qué se ha convertido y cómo se ha pervertido el ejercicio de aquellas libertades tan ansiadas por los españoles (de expresión, de representación, de logro de derechos, de igualdad, de solidaridad, de educación, de información...), puede concluirse, con enorme aflicción – y la jabonosa forma de aplaudir en el Congreso el día 17 de noviembre lo certifican-, que aquella “reforma” del franquismo con que los próceres de entonces simularon reencauzar el futuro de los españoles, fue en realidad un plan liberticida a largo plazo que sólo cambió de traje a la dictadura; que aquella “ruptura” con el pasado que tantos exigían, hubiese sido la mejor forma de romper con el adocenamiento político, la aceptación acrítica de la desigualdad, el fútil conformismo y la subsidiariedad mental generalizada que permite que hoy se insulte a cinco columnas a quien hace valer sus derechos.