Viernes, 23 de junio de 2017

También arderán

La criminal inconsciencia y el infantilismo pueril que se observa en grandes masas de población de todo el mundo sobre los efectos del creciente cambio climático, esparcidos y sembrados por la codicia de un neoliberalismo esclavizador de fantoches gobernantes, ha venido a agravarse de modo tal vez irreversible con el triunfo electoral en Estados Unidos de Donald Trump, un monigote político, un constructo de la estupidez, una consecuencia del desinterés, un personajillo –parecido a algunos cercanos-, cuya ignorante intrepidez lleva años anunciando su desprecio por la brutal deriva del calentamiento global, y amenazando ahora aplicarlas en forma de leyes, vetos y desprecios, cuando tome el mando de uno de los países más culpables de las tragedias social, alimentaria, laboral, sanitaria y de todo orden que en cualquier latitud de la Tierra están causando las políticas industriales salvajes, el corto plazo mental de los usureros, la ineducación de pan y circo y una escalofriante carencia de valor moral y talla ética en las políticas medioambientales, en los proyectos globales de crecimiento, en los modelos de convivencia, en el diseño de las ciudades, en la razón de los cultivos, en las perezosas mentes de los dormidos, en las herencias culturales, en los pueriles programas educativos y en el diseño de las expectativas comunes de una ciudadanía en general tonta de baba, cuyas criminales consecuencias nadie parece tener autoridad para condenar.

Desde la patética estupidez del arquetípico egoísta que con  insolidaria ignorancia sigue festejando la desaparición de los otoños y las primaveras, hasta el pobre diablo, también arquetipo del indeseable, que no se molesta en reciclar, cuidar sus consumos, racionalizar su uso de recursos colectivos, el reino de la inconsciencia, la indiferencia y el desprecio de demasiados embobados hacia los efectos del cambio climático, se ha instalado en el devenir cotidiano y revela  la existencia de una amplísima masa social (véanse resultados electorales en tantos lugares, también en España), cuya ignorancia, incultura, insolidaridad, estupidez, necedad y simpleza mental están contribuyendo a acelerar un proceso para el que la próxima generación carecerá de argumentos para comprender y mucho menos justificar.  Desde la pequeña empresa que sopesa la asunción de la sanción medioambiental –siempre raquítica y de compromiso-, en base al ahorro que le supone la infracción, pasando por el alcalde colega y populachero, incapaz de tomar medida ambiental alguna que suponga incomodidad para sus votantes, hasta las grandes corporaciones que incluyen en sus presupuestos el pago de multas por contaminación ambiental –en muchos casos pactadas con las administraciones-, sin cambiar un ápice las políticas industriales que las provocan, ni hacer que los poderes públicos adopten medidas efectivas para atajar y menos para intervenir, un planeta que arde mientras sus habitantes miran hacia otro lado y ríen bronceándose con el reflejo del fuego que los aniquilará, es la más exacta imagen de otra dimensión de este mundo dormido de indiferencia, cuyos adalides también arderán.