Domingo, 22 de abril de 2018

Dear, Mr (ex) President

Estimado señor Sáez:

 

Le escribe un entrenador de cantera, un chico tan relativamente joven como absolutamente enamorado de su oficio que, por supuesto, no sabe si las cifras que se barajan estos días en los medios de comunicación en alusión a los gastos que usted cargó en una tarjeta con fondos de la Federación Española de baloncesto son altas o bajas. Tampoco sabe cómo es una reunión con los representantes de espónsores, en qué medida ha de correr el vino, y cuál es el mínimo de calidad que se le exige a este para cumplir con los protocolos oportunos y “quedar bien” con el interlocutor. Le diré, también, que no sé si es correcto o no, ético o reprobable, darse unos cuantos lujos en el ejercicio del cargo. Quizá los triunfos conquistados bien lo merezcan. O, tal vez, no sé, conviniera cortarse dadas las deudas arrastradas en el período. Pero repito, no sé. 

 

Lo que sí sé es en qué condiciones trabaja el entrenador medio de un club que participa en categorías autonómicas infantiles, cadetes y junior. Conozco su maletero, lleno de balones, equipaciones, papeles a rellenar. Y sé muy bien que, por oposición a esta plenitud, sus posesiones son más bien modestas. Su dedicación es vocacional, como bien le recuerdan pagadores (clubes modestos a los que nada se le puede reprochar), familiares, amigos, conciencia,… Su entusiasmo, el fruto de un amor irracional a un simple deporte, una actividad en la que ni se salvan vidas ni se libran pleitos; que la mayoría de adultos valora como un simple entretenimiento, aunque para sus hijos sea lo que da sentido a su día a día.

 

Como ve, la diferencia entre lo que sé y desconozco es muy grande. Mi conocimiento abarca situaciones cotidianas: gestión de problemas, planificación de contenidos, monólogos interiores sobre prácticas metodológicas y didácticas, recordatorios sobre logística, lecturas sobre psicología, asistencia a clínics que se imparten lejos de casa, largas noches jodido por los resultados o las fallas de comunicación que me separan de los jugadores. Esto es el oficio de entrenador y me encanta hacerlo. Lo que desconozco es por qué los propios clubes y contribuyentes tuvimos que asistirle en ese tren de vida que usted decidió tomar hace años y que se aleja tanto de la austeridad que exige el estoicismo que implica el deporte y de aquella otra que nos han venido imponiendo a los ciudadanos normales, entrenadores o no, en estas últimas décadas a propósito de una crisis que amenaza con explicarlo todo.

 

Créame, señor Sáez, cuando le digo que no sé qué responderle a los chicos que afirman querer ser Michael Jordan o Kobe Bryant siendo, como son, blancos de tez, gorditos de pierna y de estatura normal. Aun así, prefiero que sigan planteando estas quimeras a que, tras haber leído las noticias y conocido de sus andanzas, un día se les cruce el cable y me pregunten: ¿Qué hace falta para ser presidente de la Federación Española de Baloncesto? Y es que, como ya le he dicho, no lo sé.