Miércoles, 20 de septiembre de 2017

El Clásico de Otoño

El béisbol posee un lenguaje propio, florido, interesante, que ha regalado a nuestro idioma, de este lado del charco, expresiones como “volarse la barda”; igual que en España una pareja puede casarse “de penalti” o le reclamamos a quienes “ven los toros desde la barrera”.

Así se conoce a la Serie Mundial, o sea, la final de béisbol de Estados Unidos; no voy a entrar, mucho, en si son nombres pretenciosos, en fin… Algo de ello tienen, desde luego, pero entran en la lógica de un país que se llama, a sí mismo, América; no digo que esté bien o mal, insisto, es simplemente algo informativo.

Porque hoy de lo que quiero hablar es de un deporte que sigo sin entender, mucho, pero que reconozco que, en estos partidos finales, me entretiene y bastante. Vamos, que en vez de ver el último documental de OT (emoticono con guiño), el domingo vi el quinto partido, que ganó Chicago para poner la serie 3-2. Cuando lean esto ya se sabrá el resultado, pero bueno, hoy, así va.

El deporte, en sí, tiene una aparente lentitud que podría parecer aburrida y, sin embargo, provoca emociones intensas. Cada entrada es un nuevo comienzo, un equipo puede ir perdiendo, por varias carreras, y de repente un bateador entra en ebullición y le da la vuelta. Sí, ya sé, eso pasa en todos los deportes, aparentemente, pero estarán de acuerdo conmigo en que si en fútbol un equipo llega al segundo tiempo perdiendo por 3, es difícil que remonte; lo hizo mi añorada Unión con el Atleti y el Barça en tiempos de Chechu Rojo, Stelea, Pauleta… pero no suele pasar. En béisbol pasa, la posibilidad de que la nueva entrada haya 3, 4, 5 carreras es real, aunque también, lógicamente, que ir perdiendo “pese”.

Como filólogo, encuentro el atractivo de un lenguaje propio, florido, interesante, que ha regalado al uso común expresiones como “volarse la barda”, “ni picha, ni cacha ni deja batear” ˗de pichar y cachar, o sea to pitch y to catch, lo que hacen el pitcher y el catcher, no sean mal pensados, que los veía venir˗; igual que en España una pareja puede casarse “de penalti” o le reclamamos a quienes “ven los toros desde la barrera”, la mitología beisbolera, y su lengua, impregnan, en nuestro idioma, la vida cotidiana de países como México, Cuba, República Dominicana o Venezuela.

Las leyendas, maldiciones, historias… son esa mitología. Ahora, les decía, están jugando los Chicago Cubs ˗aquí los traducen como “cachorros”, aunque el escudo es un osezno, o sea, un cachorro en concreto˗; llevan sin ganar la serie ¡desde 1908!... Todo, por la maldición de la cabra… Busquen, busquen… Y hace poco, otra maldición se conjuró, la del Bambino, que no es otro que uno de los peloteros más famosos: Babe Ruth. Y han perdido dos en casa, regresan perdiendo 3-2 al estadio de Cleveland, que podría celebrar, en un mismo año, la victoria en la NBA y el MLB.

Volviendo al lenguaje, además de los préstamos, hay un montón, como en todos los deportes de tecnicismos: ya sé lo que es el dugout, el bullpen, en qué consiste un juego perfecto, entiendo expresiones como “joya de picheo” y, por supuesto, manejo los conceptos de bola y strike, jardinero central, tercera base, safe, out

Otra cosa es que, cada vez que me siento a ver un partido tenga que buscar algo en Google… O que me cueste Dios y ayuda ver si ese lanzamiento fue bola o strike… Pero los comentaristas lo explican muy bien.

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