Lunes, 20 de noviembre de 2017

“El Moro” cumple 80 años

“El Moro” es una chocolatería, ya lo dije, pero también un viaje en el tiempo. No sé cuándo se inauguró, pero les puedo asegurar que más de una de las meseras está ahí desde entonces.

Hace unos cuantos años, en julio de 2002, publicaba yo unas “crónicas de un gachupín chilango”, antecedente de este “charro de dos orillas”. Una de esas crónicas, en las que “paseaba” por esta ciudad ˗y que espero pronto ver publicadas como libro digital˗, hablaba de uno de mis lugares imprescindibles en la Ciudad de México, que entonces era todavía DF. Por supuesto, sigo yendo de vez en cuando; el otro día me lo encontré como nunca, lleno, con gente esperando para entrar… Y es que ha cumplido 80 años y, sobre todo, parece haberse puesto de moda entre los hipster, también conocidos como “gafapastas”.

En homenaje a ello, que no deja de tener algo de homenaje a uno mismo y a la vida ˗porque cambiar o evolucionar no implica dejar de ir a donde fuimos alguna vez felices, aunque fuera por un simple chocolate con churros˗, va la crónica de entonces:

“El Moro”

Quietos, quietos. Ya estaban pensando que me había vuelto racista, o algo así. Pues no, para nada. Lo que pasa es que así se llama una chocolatería, yo creo que la más famosa del Distrito Federal, que se encuentra, además, en Eje Central, en lo que era San Juan de Letrán, esa calle de la que ya he hablado varias veces y que, ustedes saben, me parece una calle emblemática de esta ciudad.

“El Moro” es una chocolatería, ya lo dije, pero también un viaje en el tiempo. No sé cuándo se inauguró, pero les puedo asegurar que más de una de las meseras está ahí desde entonces.

Y claro, eso es maravilloso: alguien que podría ser tu madre, o tu abuela, te sirve una bebida que es todo un viaje a la infancia (en mi caso, a los fríos inviernos castellanos); la verdad, se agradece el simbolismo, la metáfora.

Aunque ahora que lo pienso, para los españoles el chocolate con churros también tiene mucho que ver con la adolescencia, temprana y tardía, y con las juergas. Me explico, para que puedan comprenderme los mexicanos: una juerga y/o borrachera nocturna termina, indefectiblemente, tomando un chocolate con churros.

Para los españoles, les diré que aquí las juergas terminan de otra forma, y que para la cruda (resaca) más de una vez me han dicho que lo bueno es una polla (un licuado, o sea, un batido, con jerez y huevos, no sé si entre otras cosas).

No explicaré por qué en España sería muy delicado tomar algo que llevara ese nombre, lo siento, hasta yo tengo mis límites.

Eso sí, ahora que recuerdo, aunque el chocolate con churros sea aquí mucho más vespertino y familiar (un sábado o domingo por la tarde puede uno tener que esperar un buen rato si quiere echarse su chocolatito de “El Moro”), creo que ese emblemático lugar tiene a gala que nunca ha cerrado, o casi nunca… creo que solo cuando el temblor del 85, por obvias y trágicas razones (se encuentra en una de las zonas que se vio más afectada).

Mención aparte merecen los chocolates: El “español” no tiene nada que ver con el que se toma allá; es más, ninguno tiene que ver, el de España es mucho más espeso (¿será por el refrán?). A mí me gusta el “especial”, pero hay para todos los gustos. Y si hace calor, tomarme los churros con una malteada ˗batido˗ de chocolate.

Incluso, si no quieren chocolate, pueden comer unos tacos al pastor, o una torta de carne al pastor, que también preparan en la chocolatería, en una especie de anexo que hay a la puerta.

Lo dicho, ¿a quién no le gusta el chocolate? ¿A poco no se les antojó?

@ignacio_martins

 

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