Domingo, 24 de junio de 2018

Maneras de vivir

De que hemos venido a pasar el rato nos percatamos ya de pequeños, cuando la muerte de nuestras mascotas, o la de los abuelos –cuando no alguna más dolorosa por inesperada–, nos ponen al corriente de la brevedad de la vida, este regalo con fecha de caducidad al que más vale, desde luego, no mirarle el diente. Ahora bien, sin ánimo de dar consejos a nadie, me entristece el modo en el que algunos la emplean para atacar la de otros, dar cuenta de verdaderas memeces o hacer apología de conductas claramente desviadas de las más básicas reglas de convivencia.

 

Pero de qué nos vamos a extrañar si en los debates entre los candidatos a la presidencia del país que marca los tiempos a los que avanza el mundo todo ha quedado reducido al ataque personal, al dedo acusador del niño que señala, en el colegio, a aquel que se comportó aún peor que él. Que Trump pueda optar a ser inquilino de la Casa Blanca destapa el camuflaje de que se había provisto esta plutocracia disfrazada de otra cosa (llámenlo como prefieran). Basta con tener propiedades, controlar los medios y su discurso, para acceder a cuotas de poder para los que no existen barreras de acceso relacionadas con la ética o la humanidad.

 

Morfina de alta calidad es la que nos sirven los medios deportivos, claros gregarios al servicio de estos anestesistas de lujo que exigen, a cambio de entretenimiento, ignorancia y sumisión. Todo ello en clara connivencia con estados que van empobreciéndose desde la base educativa, contentos por tener las alforjas llenas hoy; despreocupados por lo ruinosas que puedan lucir mañana. El deporte, decía, y no quiero desviarme más de temática a la que se circunscribe –aun reconociendo en la categoría otra fuente de esclavitud intelectual– esta columna, es un compinche más y, los deportistas, especialmente aquellos cuyo talento reúne la admiración de las masas, obreros con sueldo de lujo que, si no tienen problemas de conciencia es porque nunca se han hecho las preguntas necesarias.

 

Porque ya me dirán qué importa que Cristiano se compre un Lamborghini y presuma de ello, que Piqué se sienta atacado por cortarse unas mangas y pueda dejar la selección, que Mourinho diga que el árbitro se va a equivocar por las presiones a las que ha sido sometido o que el presidente Hollande le reprenda a Benzema su comportamiento. ¿De verdad no nos basta con sentarnos ante el televisor a las nueve menos cuarto y disfrutar durante una hora y media de esa lucha tribal, adornada de convencionalismos y envuelta en una épica muy superior a la objetividad de sus acciones y renunciar a todo el lodo que la rodea? ¿No nos sirve con acudir a la grada y disfrutar de ese teatro sin guión que es un partido de fútbol? ¿No podemos entender que la excelencia futbolística no tiene por qué ir de la mano de una ejemplaridad moral y que no son precisamente estos millonarios los modelos que deberían seguir nuestros hijos?

 

En fin, ustedes deciden cómo pasan el rato.