Domingo, 22 de abril de 2018

Demasiado pedir

Si una competición de fútbol, baloncesto o tenis es como una obra de teatro clásica sin guión establecido, si la épica moderna se escribe a bicicleta o a nado y si para sobrevivir se hacen más necesarios que nunca los cuentos de hadas, a uno le resulta extraño que en el mercado literario español los libros más vendidos sobre deporte sean unos cuantos manuales para perder peso y un puñado de obras de no ficción firmadas por alguno de los personajes más influyentes del momento: Simeone, Mourinho,...

 

No soy imparcial, lo reconozco. Durante el verano he estado elaborando una colección de cuentos en la que el deporte aparece como eje de lo que Flaubert bautizó como “educación sentimental”. Negar que muchos de nosotros aprendimos valores como la justicia, el respeto o la solidaridad en un campo de cemento con dos porterías o canastas, supondría apagar de pronto todas las luces que iluminaron nuestra infancia. Jugando aprendimos, también, a ganar y perder, a luchar y defendernos. Con un balón, o sin él, nos descubrimos a nosotros mismos, con nuestras limitaciones.

 

Sin embargo, la mayor parte de lo que el público español consume –eso cuando lee– son los residuos, algo que vagamente podría llamarse deporte, pues no es de morbo, cotilleo o rumores de lo que se compone algo tan serio como el juego. La Castellana, y como ella otras tantas vías de acceso a grandes estadios del continente europeo, se ha convertido en una suerte de paseo de la fama, en una impoluta alfombra roja que saluda una estética bastante grotesca enmascarando, a su vez, una ausencia de ética. Ir al Bernabéu siempre fue motivo de alharacas, pero el cambio de siglo trajo una afectación exagerada. La salida de los ultras, bienvenida y necesaria, ha venido acompañada por la jubilación del viejo y buen aficionado, harto ya de que el fútbol, sea, después de todo, lo menos importante del negocio.

 

Y como los estadios de fútbol, también las centrales de los clubes de tenis y los recintos techados donde se juega a baloncesto o balonmano. El deporte se disuelve cual azucarillo entre el agua hirviendo en el que bañan sus almas los ángeles demoníacos que dicen defender su supervivencia. Para cuando quisimos darnos cuenta ya era tarde: los resúmenes de los partidos habían dado paso a los monográficos sobre la estrella, los mercados chinos habían acabado con las tardes de transistor y ya nadie en el Bernabéu sabía quién era Juanito y por qué cantaban aquello de “illa, illa, illa” en vez de sorber Coca Cola o hacerse un selfi.

 

Así finalizo y me pregunto, como diría Sabina, si pedir ahora que se lea (y se publique) ficción, cuentos donde se habla del deporte de aquella lejana infancia, del juego como elemento subversivo y no como adormidera, no sería pedir demasiado.