Miércoles, 22 de noviembre de 2017

Aute, la desazón, la vida misma...

El título me ha salido en endecasílabo, a ver si lo uso en un soneto...

Hoy, lunes 3 de octubre no ha sido un buen día; murió un amigo, de repente; y otro amigo, al que no conocía pero leía todas las semanas, decidió que ya no seguía; el mismo día que muchos en Colombia se dejaron embaucar por un impresentable como Uribe y otros de su ralea; el mismo domingo que en Hungría siguen gritando los bisnietos de los que alguna vez no tuvieron empacho en apoyar al fascismo; en España, las estupideces egoístas de unos, la megalomanía de otros y la torpeza, que la ha habido, en el otro sector, parecen garantizar ˗ojalá me equivoque˗ que un par de generaciones de españoles no van a saber lo que es un gobierno que no sea de esa derecha rancia que tan bien parece quedarnos…

En medio del marasmo, la letra pequeña dice que Aute salió del hospital… Y no quiero seguir leyendo, sino recordar el concierto que nos regaló hace unos años en Coyoacán y que me hizo escribir lo que sigue…

Curiosamente, fue el último artículo de este charro de dos orillas en El Adelanto

 

Lo mejor de la vida suele llegar por sorpresa y estar envuelto en papel de periódico… Y un momento de esos inesperados y ricos lo tuve en 2013. Sabía que Aute iba a estar en Coyoacán, uno de los barrios más hermosos de la Ciudad de México; un concierto gratuito, así que nos fuimos mi mujer y yo a comer por allá y ver cómo estaba el asunto. Y resulta que, tras comer a gusto, sin prisas, llegamos y hasta sentaditos estuvimos, viendo a uno de esos cantantes que, me di cuenta, lleva conmigo, con nosotros, desde jovencitos.

Creo que la primera vez que lo vi fue por el 80, en un concierto mítico –para mí– en el pabellón de la Alamedilla. Compartieron escenario, si no recuerdo mal, Krahe –al que de repente descubrí, antes de actuar, sentado detrás de mí, con un vaso que estoy seguro de que no tenía agua, y ligando con dos tías que, para un muchacho de 12 años estaban… como vemos a la mayoría de las mujeres a los 12 años–; un Sabina incipiente e Ismael, el folclorista segoviano, el de la Banda del Mirlitón. Y Aute, claro.

De Aute me impactó, la sencillez, lo cotidiano, la música… Imagino que se volvió una influencia, en vida y en escritura. También creo que se me quedó dentro un poco de la mala leche necesaria para aguantar cuando, como ahora, caen chuzos de punta.

Años después, recuerdo un concierto en el Fonseca en la época de “Segundos fuera”, uno de mis discos favoritos, suyo y en general. Cantaba sobre la caída del muro…

Y ahora, este recuerdo de Coyoacán...

La mala leche, ahora en modo artístico: Aute, aunque sabe que tiene canciones que son parte de la vida de la gente, va e inicia el concierto avisando que va a cantar “las nuevas”… Y ya, si eso, alguna de las otras…

Aute, como otros, siguen hablando, hablándonos, de cosas parecidas: ahora, parece que lo que se cae, o se derrumba, es el propio mundo.

Por eso, ante un día bastante oscuro, también me gusta recordar cuando el Fonseca estuvo una tarde en Coyoacán; otra vez Salamanca en México…

En realidad son mis veinte años más de veinte años después: mirando el mar, como Aute.

Recuerdo que también en el Fonseca amenazó con cantar “las nuevas”, las que casi nadie iba a saber tararear y que hoy son clásicas, como “La belleza”.

Y como Aute se hizo famoso en México sobre todo en los 90, las “muy viejas” –como “Las cuatro y diez” o “Pasaba por aquí”– me da que no son tan conocidas… Pero “Al alba”, a capella, para cerrar el concierto, sigue poniendo la carne de gallina. Y uno no sabe si se va haciendo viejo o poniendo más joven…

El tiempo es circular y la muerte existe menos si tenemos memoria.

Y el título me salió en endecasílabo, a ver si lo uso en un soneto…

@ignacio_martins

https://www.facebook.com/ignaciomartinescritor

www.ignaciomartin.com

nachomartins (Instagram)