Viernes, 20 de abril de 2018

Sobrevivir

Comienza el curso y con él, también, las competiciones federadas en los diversos deportes y disciplinas. Echan a rodar balones y, antes que eso, empiezan a funcionar las modestas maquinarias de los clubes para hacer frente a los trámites burocráticos que embadurnan –debemos seguir creyendo que por necesidad– todo este proceso. Sin personal preparado para ello, ante plataformas nada intuitivas y en una comunidad donde la toma de decisiones se concentra en sedes conocidas por todos, arrancar ya es toda una hazaña.

 

El deporte, como concepto, es un mal necesario en un país como el nuestro. Gusta, pero se le desaloja de la escuela como a un ser harapiento de cualquier casa de comidas. A estas alturas todos sabemos lo que supone la Educación Física en la mentalidad del alumno, también en la del jefe de estudios. Pero ese ratito para que se aireen y se muevan un poco debería ser bien distinto: al menos una manera de relacionarse con uno mismo, con el otro y el entorno; una forma de conocerse mejor a partir de esa extensión del alma que es, forzosamente, nos guste más o menos, nuestro cuerpo.

 

Pero de esta función, como de tantas, se desentiende el estado, máquina perfectamente engrasada para reproducir ciudadanos débiles, física y moralmente, poseedores de múltiples necesidades que solo el mercado podrá cubrir. Quizá, después de todo, no sean tan ingenuos, y sepan que a través del deporte, los chicos y chicas endurecen sus espíritus, fortalecen sus habilidades de comunicación y se vuelven menos vulnerables al vaivén de las modas y el cínico empleo de herramientas de marketing que empresarios y políticos llevan a cabo con total impunidad, quizá como producto de su propia “mala educación” o, simplemente, como aceptación tácita de las miserias del mundo en el que nos ha tocado vivir.

 

De ahí que deban surgir estructuras paralelas, vías federativas que se alimentan, básicamente, del esfuerzo de padres convencidos de todo lo anterior. O de aquellos otros que, simplemente, se niegan a no satisfacer el ingenuo entusiasmo de sus hijos y que hacen esfuerzos muchas veces por encima de lo razonable. Desde las instituciones, nos llega el mensaje de que no hay prisa por impulsar nuevas fórmulas de mecenazgo o patrocinio y favorecer, así, la financiación de este tipo de actividades cuyo retorno es más bien difuso y diferido en el tiempo. Los chicos de quince años no votan y sus padres, piensan, no van a cambiar de papeleta por un aspecto menor como este. Que sobrevivan como puedan.

 

Y en eso están, porque lo vivo muy de cerca, numerosos clubes de la ciudad, a los que se les exige mucho y se les concede muy poco. Entidades deportivas que subsisten, efectivamente, con paupérrimas aportaciones, salvando trabas inconcebibles (principalmente a la hora de encontrar instalaciones) y, como decía, fundamentalmente gracias a los esfuerzos de los padres. Acepto, cómo no, que el ocio es un lujo que hay que pagar. No, en cambio, que aprender a trabajar en equipo, a ganar y a perder sin dejar de luchar en ningún momento, a aceptar las reglas y superar los propios límites, sea solo ocio y no educación en mayúsculas.