Lunes, 27 de marzo de 2017

El veneno del saber

Había pasado toda la vida felizmente en su pueblo, rodeado de valles y montañas, trabajando en los humildes campos heredados de sus padres, quienes, a su vez, los habían heredado de los suyos y estos de los suyos…

Cada tarde, después de la dura faena del campo, se reunía con sus amigos en el bar, echaba la partida, se tomaba unos vasos de vino, y a una hora prudencial se retiraba a su casa, donde su mujer y sus hijos le esperaban para, después de una frugal cena, y un rato de charla, irse a la cama para descansar del duro día y poder hacer frente al no menos duro que le esperaba.

Nunca tuvo la menor curiosidad y menos aún interés, en saber qué podía haber al otro lado de las montañas que rodeaban el fértil valle. Allí tenía cuanto necesitaba: alimento, casa, amigos, trabajo, familia…era feliz con lo que tenía y nada más ambicionaba.

Un día, colocando y limpiando el sobrado de su casa, entre viejos cachivaches, se dio de bruces con un libro, que nunca antes había visto. No tenía ni idea de cómo pudo ir a parar allí. Tan escondido estaba, que daba la sensación, que quien lo hubiera guardado, no quería que nadie lo encontrara. Miraba y miraba las duras tapas de un color marrón muy envejecido. No se atrevía a abrirlo, sentía como si fuera a profanar algo sagrado que llevaba oculto quien sabe cuántos años. Por fin se decidió, fue abriéndolo poco a poco, con miedo a que se deshiciera entre sus dedos. Aquellas letras, escritas sobre un papel, que con el paso del tiempo, había tomado una coloración ocre, no eran las normales que él había visto en el periódico o en los libros de la escuela. Empezó a leer lo que debía ser el título: La falsa filosofía o el ateísmo.  El título seguía y seguía, nunca había visto un título tan largo. Se fue al último renglón de la página: En la imprenta de D. Antonio de Sancha. Año 1774.

Fue tanta la curiosidad que sintió por saber qué podía desvelarle aquel libro, que allí mismo, aprovechando un rayo de sol que entraba por el ventanuco abierto en el tejado de la casa, empezó a leerlo. Al principio con timidez, luego con interés y más tarde con fruición. Aquel día no salió a echar la partida con los amigos. Uno de sus hijos tuvo que llamarle para que bajara a cenar.

Durante los siguientes días, cuando terminaba las faenas del campo, se refugiaba en el sobrado para sumergirse en la lectura de aquel libro. La verdad es que no entendía muy bien cuanto allí se decía, pero algo mágico le había atrapado y no podía dejar de leerlo y de pensar en lo leído, mientras faenaba en el campo.

Poco a poco, se fue distanciando de sus amigos y de su familia. Pasado un tiempo, concluida la lectura de aquel libro, sintió la necesidad de consultar y saber que decían otros libros y otros autores que allí se citaban.

Empezó a viajar a la capital, pues era allí donde sólo podía encontrar los libros que buscaba. Acudía a las bibliotecas, en las que se pasaba horas y horas, luego se llevaba algunos libros para leerlos en casa.

Los amigos, la familia… todos en el pueblo, empezaron a recriminarle su conducta, no hablaba con nadie, y si alguna vez lo hacía, pronto tenía que dejar la conversación, pues ni le entendían, ni mostraban interés en aquellos temas que les proponía. Todos, incluso su propia familia, pensaban que se había vuelto loco.

No tardó mucho en comprobar que aquello por lo que empezó a sentir curiosidad, no era más que un minúsculo grano dentro del mundo del saber. Fue comprobando que cuanto más leía, cuanto más aprendía, más grande se hacía el campo. La desesperación y el pesimismo no tardaron en revolotear por su mente. Trataba de leer más, durante más tiempo, apenas dormía y los campos quedaron abandonados.

En una ocasión leyó una frase que le marcó para siempre, “Sólo sé que no sé nada”. Se dio cuenta de que lo que pretendía era imposible. La desesperación se adueñó de él. Había perdido a sus amigos, su trabajo, su familia… su felicidad, persiguiendo una quimera.

En unos años había perdido cuanto había construido en medio siglo.

Una noche, como tantas, no  acudió a cenar, tampoco a dormir. A la mañana siguiente le encontraron ahorcado en el sobrado. Había dejado una nota sobre la mesa en la que se podía leer: No he llegado a saber que no se nada, y lo que es peor, nunca lo sabré.