Sábado, 16 de diciembre de 2017

¡De comer perdices!

Terminábamos el domingo pasado narrando la angustia de Celia ante la propuesta de casamiento que la habían hecho los hermanos Aniano con Juan; pues era sabedora de que tendría que afrontar duras pruebas en su convivencia con los vecinos y que en algún momento serían desgarradoras. Pero que ella, con férrea determinación, estaba dispuesta a sobrellevar con todas sus consecuencias.

Y… ¿Cómo reaccionaron las “fuerzas vivas” del pueblo al tener noticias de que Celia “La Rubia”, ya casi como algo suyo y gestado entre ellos… había ejercido la prostitución?

¡Buena pregunta!.  Pues las “fuerzas vivas”, que tuvieron noticias del feo asunto… se quedaron “pasmaos” y no salían de su incredulidad y estupor, por aquello que podía ser una tragedia local. Sin duda el más afectado era Don Andrés, el cura; que tendría que improvisar y salirse de los habituales sermones dominicales de sota, caballo y rey, desde el púlpito para poder justificar el desaguisado habido. En sus pensamientos  posteriores sólo tenía cabida… ¡Dios proveerá!

Ha pasado el tempo y el pequeño pueblo fue volviendo a la calma y el sosiego necesario. Ya que en algún momento alcanzó altas cotas de tensión y no ya por lo que fue un tiempo la profesión de Celia “La Rubia”, la prostitución. ¡Quizá… también por otros deseos humanos, ya que Celia, pasados unos años, y debido a la tranquilidad del lugar, su aire saludable, la buena comida y … coño… también el amor que Juan y ella se tenían, había sufrido una metamorfosis considerable. Y aquella flacucha y desgarbada Celia “La Rubia” se había convertido en la Señora Celia, a secas, pero esplendida y apetecible. Y hubo algún espabilado que intentó sacar partido del pasado. También alguna lugareña, por pura envidia de cómo Celia sabía tratar a Juan, sembró cizaña. Pero Celia, desde el principio “trazó” la raya que no se podía cruzar y menos traspasar. Ello fue entendido y hasta Julián el “tonto del pueblo”, trasmitiendo a su manera lo escuchado a vecinos y vecinas del lugar, repetía en ocasiones; Celia es de Juan… sólo de Juan. Lo que sabe Juan… y hacía gestos obscenos de fácil comprensión.

Como todo cuento que se precie, este también tiene su final, y como la vida misma, unas veces triste y otras alegre. Este también lo será dependiendo del cristal con que se mire. Pues si se hace desde el punto de vista de la felicidad y amor de Celia y Juan a pesar de todos los avatares sufridos, será un final feliz. ¡DE COMER PERDICES!... Pero si se parte de la muerte de Celia, Juan y mucho de los intervinientes en esta METAMORFOSIS… será otra historia que contaré, como final, el próximo domingo, si Dios quiere...

Anselmo SANTOS

Contador de historias humanas