Sábado, 16 de diciembre de 2017

La amistad

A mis amigos, evidentemente…

Y esto tanto más me ilusiona cuanto desde

que el mundo es mundo se encuentren apenas

tres o cuatro parejas de verdaderos amigos.

 

Marco Tulio Cicerón, Sobre la amistad

Versión de Luis Frayle Delgado

 

En esta ocasión no se presenta nada en la columna. Cualquier persona con media hora de tiempo libre habría podido escribirla.  Hay veces en que uno no tiene nada que decir. Las palabras no fluyen. La hoja permanece en blanco sobre el escritorio… Empujamos el bolígrafo de un lado a otro con el dedo. Volteamos a ver a la ventana.

Una solución al problema consiste en ir a Internet para leer los titulares de los periódicos. En las editoriales quizá encontremos inspiración para comenzar con la primera línea… Como hace una semana empecé un libro de Z. Bauman y vi una nota del The Observer, acudo a su sitio. Encuentro una fotografía con muchas banderas de los Estados Unidos de América.

Cierro mi ordenador y salgo a dar un paseo. No necesito decir que estamos en verano y hace calor, porque todos lo sabemos. Espero dentro de un bar a que se ponga el sol. En la acera de enfrente hay un parque y me resulta raro que unos niños jueguen formando círculos y cantando canciones. Eso ya no se ve. De inmediato, pienso en mi infancia. Descubro que ya no recuerdo qué canciones cantaba.

Cojo una servilleta para apuntar unas ideas para mi columna. Palabras clave. Frases sin tanto sentido. Guardo la servilleta en el bolsillo de mi camisa. Le devuelvo el lapicero al grupo de ancianos de la mesa de al lado. Cuando se enteran de que soy mexicano, un señor comenta que él conoció a la familia de E. Poniatowska. La gente castellana es longeva.

Estoy por salir a continuar mi paseo, pero algo me lo impide. No sé a dónde ir. Sin embargo, tampoco tengo a qué quedarme en el bar, no quiero tomar nada más. Encuentro una solución en el punto medio. Me paro a un costado de la puerta de entrada y saco mi móvil para fingir que hago algo. Tengo ocho mensajes nuevos. Enfrente, los niños continúan jugando. El sol se oculta.

Pienso en la amistad. En mi familia. En las personas con quienes he contraído alguna especie de deuda. Con algunos es grande. Grandísima. Hay personas que me han dado mucho y a quienes yo prácticamente no les he dado nada.

Recuerdo el graffiti que habla de saltar al vacío. Pienso cómo podría brincar yo. Lo conseguiré por medio de mis amigos ―digo―. Buscando a quienes les debo diferentes tipos de favores, desde el tiempo de los dinosaurios.

Ayer recibí una carta desde Alemania. Mi amigo me hablaba de su viaje por Nueva Zelanda. Sofía también me escribe con frecuencia. A ella la invitaré a tomar un café cualquier día de estos, porque está aquí.

Por fin ha refrescado un poco. Saco la servilleta con las palabras clave y un par de frases de mi bolsillo. «Dar liebre por gato.» Definitivamente, me quedo con esta, concluyo. Dejo a un lado la carta que le escribí a mi amigo alemán, le envío un mensaje a Sofía y cojo unas hojas en blanco para escribir mi columna.