Lunes, 18 de diciembre de 2017

Cervantes y Salamanca III. De vidrio somos

Dice Cervantes que el Licenciado Tomás todo era de vidrio de pies a cabeza  y que, por ser hombre de vidrio, era muy tierno y quebradizo

Dice de vidrio y no de cristal (esa vieja distinción casi para expertos que nos hace dudar a qué contenedor debe ir cada cosa cuando se desecha); dice de vidrio por lo quebradizo y frágil, no de cristal que subrayaría lo transparente. Y si el Licenciado creía ser de vidrio y por eso temía ser quebrado por cualquier contacto, también su ciudad, Salamanca, lo es y debe tratarse con mucho tacto para no romperse.

Efectivamente Salamanca es de vidrio; son muchos años, muchos arreglos de rostro y muchos adornos por sus caras y fachadas. Tiene faz propia y un perfil con rasgos de rigurosa identificación, por eso es como de vidrio y cualquier mal movimiento puede echar a perder parte de lo que es.  Y no hay en esto males pequeños, sea ese tubo metálico (¿qué sería de muchos estetas urbanos de hoy si les prohibieran el acero cor-ten?) en perfecta hostilidad con el entorno plateresco del Patio de Escuelas o yendo a las afueras la fracasada y excesiva esfera medio armilar del cruce de Av. Portugal con T. Villarroel? Y que los dioses protectores de la ciudad impidan hacer en ella pruebas con nuevos materiales como se hizo hace años con asesoramiento oficial en las cresterías de Monterrey, echadas a perder desde entonces. Es mejor que las pruebas con esta dorada piedra nuestra se hagan con gaseosa o con papel de estraza. Y suplico a los mismos dioses que estén muy cerca de la restauración actual de la crestería del Patio de Escuelas, no sea que se nos venga encima el mismo resultado.

Y es que la ciudad es de delicada piedra, o sea como de vidrio, y como su famoso Licenciado puede quebrarse por cualquier torpeza. A la vista está por muchas esquinas y rincones, sin que apenas nadie se escandalice ni proponga solución.

Y más de vidrio que su ciudad son sus gentes. Los grandes y los pequeños y hasta los más medianos, con especial cuidado para los más mayores pues mayor es su fragilidad y más admirable su historia mientras que los niños son como de goma y aguantan cualquier torcedura. Precisamente en estos días en los que nuestro Ayuntamiento recordaba a los abuelos alguien de adentro insultaba públicamente y en lugar destacado a un pobre ciudadano sólo por ser viejo y jubilado, quizás sin saber que no hay edad para la lucidez ni años para la sabiduría. Más veces se ha demostrado que en la culta Salamanca sobreviven algunos ignorantes que ni siquiera dominan la ortografía. ¡Ay, Señor, qué cruz! Dicho y echo (perdón, quiero decir hecho, que no quiero hechar (perdón echar) a perder mi Arzobispado (perdón, mi obispado). Uf, san Antonio de Nebrija, échales una mano, por favor. (Si no entiendes el “juego”, repasa con cuidado la nota “laudatoria" que el martes 26 me dedicaba el Sr. Ballestero Chillón).

El anciano es frágil como el vidrio pero resiste (y casi siempre el que tuvo retuvo), como don Miguel de Cervantes, que cansado y anciano, puesto ya el pie en el estribo, a cuatro días exactos de su muerte, ya ungido y confesado, pone el punto final al Persiles, su mejor obra a su propio juicio de autor (y en muchas cosas humildemente al mío: ¡ese viaje de la pareja desde Dinamarca a Tierra Santa!), y se lo dedica al conde de Lemos en una de las cartas más extremas jamás escritas en lúcida confesión de extrema fragilidad.

Esta fragilidad, como de vidrio, que tiene cada ciudadano necesita y exige, pues por ser una necesidad es también un derecho, mucho respeto y el mejor tratamiento por parte de todos, especialmente por parte de aquellos que mayor deber tienen de darlos, como son ayuntamientos y parroquias, asociaciones y empresas, medios de comunicación y entidades de cualquier tipo o nivel. Sin esto es mejor cerrar el ayuntamiento, disolver la asociación, suprimir la parroquia o dar de baja al periódico…

Y yendo a otros niveles nos vendrá bien recordar que casi todo lo bueno y noble que vivimos, tenemos o buscamos es como de vidrio. El amor es tan frágil como un anciano pero igualmente hermoso; la fe es quebradiza y hoy se nos rompe a poco descuido que haya pero es un don magnífico difícilmente igualable; la armonía personal y el equilibrio de la vida se nos descentran en cualquier tropiezo que nos llega pero son la base de la persona feliz; la concordia ciudadana y la paz en nuestras calles andan amenazadas cada día pero sin ellas la ciudad es inhóspita y amarga. Y cada uno puede ir haciendo la lista de los valores de una ciudad y de sus habitantes, todos tan hermosos e importantes como frágiles y quebradizos.

Como el Licenciado Vidriera, como cualquier anciano al igual que Cervantes a sus sesenta y seis años, como tú mismo, amigo lector, que, ya lo sabes, eres mortal, lábil, endeble y andas por la vida de puro alquiler. De vidrio somos.