Lunes, 11 de diciembre de 2017

Pasión, muerte y resurrección del padre Jacques Hamel

 

Sabiendo que le había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. (Juan 13, 1)

 

De vuelta a casa, al caer la tarde del 25 de julio, el padre Jacques Hamel iba meditando sobre su vida a la luz de la vida de su santo patrono, Santiago, el apóstol cuyo camino remitía inevitablemente a Aquel que es el Camino verdadero. Pensó en la atrevida petición de la madre de los Zebedeos, y eso le hizo reparar en la vanidad y la mundanidad que siempre acechan, y que a él también le seguían amenazando. Pensó en cómo había accedido a la habitación de la hija de Jairo, y eso le recordó tantas despedidas, en las que había intentado despertar y levantar a los familiares sumidos en el dolor o la desesperanza, llevando una palabra de consuelo. Pensó también en la gloriosa subida al Tabor, y esto le trasladó a unos cuantos momentos de personal intimidad con el Señor, cumbres sin borrasca en las que parecía tenerlo todo. Pensó luego en el sueño de Getsemaní, y le vinieron a la cabeza sus flaquezas y debilidades, tantas… Pensó, por último, en el martirio del primero de los apóstoles que unió su muerte a la de Jesús.

 

Después de haber cantado los himnos, salieron hacia el Monte de los Olivos. (Marcos 14, 26)

 

Acabada la cena, como cada noche, antes de rezar completas, el padre Jacques puso unos minutos la televisión. En un acalorado debate, algunos propugnaban intensificar los bombardeos para disuadir a los terroristas del Estado Islámico, mientras otros sugerían supervisar con lupa a cada refugiado o incluso cerrar fronteras, y había quienes reclamaban más implicación de la comunidad musulmana en Europa. Sin llegar a ninguna conclusión completamente válida, a él sólo se le ocurrió rezar para que no les sucediera nada malo a los jóvenes de la diócesis desplazados a Polonia para participar en las Jornadas Mundiales de la Juventud. También rezó por sus amigos musulmanes que deseaban la paz y que tampoco encontraban la manera eficaz de avanzar en su construcción. Rezó por las familias sirias, enteras o ya divididas o mermadas que, empujadas por la guerra, se lanzaban a la incierta aventura de atravesar el Mediterráneo. No olvidó en sus plegarias a los hermanos cristianos de Oriente, perseguidos con ferocidad, decapitados, crucificados, exterminados, ignorados por las naciones europeas. El sueño tardó en poderle aquella noche.

 

“Vuelve la espada a su sitio, que todos los que manejan espada, a espada morirán” (Mateo 26, 52). “Si mi reino fuera de este mundo, mis súbditos lucharían (…) pero mi reino no es de aquí” (Juan 18, 36).

 

Tiempo hacía que el padre Jacques Hamel no tenía un sueño tan esquivo. Le bastaban pocas horas, en su ancianidad, para entregarse al calmado desempeño que su cuerpo le permitía, pero el alma dispuesta y la voluntad decidida le hacían entregarse y consumir activamente los años que le quedaran de vida y sacerdocio: “Un cura nunca se retira”, solía esgrimir. Esa mañana del 26 de julio, a unos tempraneros laudes, llevó las mismas intenciones a las que se aferraba cuando le había vencido el cansancio la noche anterior. ¿Tiene sentido predicar la paz, la no violencia, la resistencia pacífica, ante estas amenazas? ¿Sirve de algo? ¿Salva vidas? ¿Cuántas mejillas tenemos? ¿Qué habría hecho Jesús?

 

“¿Y qué es la verdad” (Juan 18, 38).

 

El ritual matinal del padre Jacques incluía desayunarse con un periódico regional normando. Hubiera deseado poder leer cada mañana un diario de buenas noticias, pero nunca supo que se publicase. Ni siquiera uno que las destacase en portada. Desgranando los titulares, entrecomillados y columnas de opinión, siempre pensaba en aquella enigmática pregunta de Pilato acerca de la verdad. La que todos buscamos y muchos creen/creemos encontrar. Había dedicado su vida a anunciar que la Verdad es Cristo, su Evangelio. Ese Cristo que había callado ante la pregunta del gobernador. Su silencio siempre le había interpelado con fuerza. Le maravillaba, y a la vez le sobrecogía, que el mismo Dios, para responder a esa cuestión, hubiese elegido la Cruz.

 

Cargado con la cruz, Jesús salió hacia el lugar llamado “la Calavera”, que en hebreo se dice Gólgota. (Juan 19, 17)

 

El recorrido hacia el templo era una delicia para el padre Jacques. Entraba a saludar a los clientes del café del señor Cirenet, que como cada verano se enriquecía con una animada terraza, y se detenía en la tienda de la señora Berenice, siempre tan atenta. Se sentía apreciado, incluso querido, no sólo por los que acudían a la iglesia sino por el pueblo entero. Se sentía uno de ellos y uno con todos, aunque le doliera no verlos, siendo tan buena gente, reunidos juntos en torno al altar. Era una amargura en su corazón sacerdotal que los saludos afables o los gestos de amistad sólo endulzaban parcialmente. Él quería llevarles a Cristo del todo. ¿Cómo hacerlo? En la mañana celebraba casi solo en estas semanas del año, aunque no faltaban nunca la señora Marie, la inquieta Madeleine y el joven Jean.

 

Los que lo crucificaron repartieron sus vestidos a suertes. (Mateo 27, 35)

 

Los minutos en la sacristía antes de celebrar la Eucaristía eran especialmente conmovedores para el padre Hamel. ¿Veinte mil misas celebradas a lo largo de más de cinco décadas? Quizá. Veinte mil veces en las que, al ponerse el alba, se había revestido de la blanca pureza del Redentor y había renovado las promesas bautismales de sus padres. Veinte mil veces en las que, al ceñirse con el cíngulo, se había preparado para comer la Pascua y estar siempre dispuesto a salir. Veinte mil veces en las que, al colocarse la estola, había aceptado obediente la carga ligera de Jesús. Veinte mil veces en las que, al vestirse con la casulla, se había mostrado como servidor a imagen de Cristo que reina sirviendo. Cada vez era única e igual, diferente y la misma. Cada vez era el mismo sacrificio del Calvario, hecho memoria y vida nueva para el mundo.

 

Jesús decía: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. (Lucas 23, 34)

 

Al salir de la sacristía, con las manos unidas, apoyadas las muñecas en el pecho y extendidos los dedos hacia el Cielo, el padre Jacques sonrió. Era un enviado a ser testigo de la alegría de Jesús y caminaba decidido hacia su encuentro, aunque hubiera que ofrecer el cuello, de rodillas, al acero del “poder de las tinieblas” (cf. Lucas 22, 53). Llegado al altar, se inclinó, cerró los ojos, apoyó las manos sobre el ara y, como cada mañana, besó la mesa del sacrificio. Al rozar con sus labios el blanco mantel no ocurrió como otros días. Las manos parecían haberse topado con la madera de la Cruz, y allí quedaron abrazadas para siempre, en caricia de amor infinito. Los labios se encontraron con el pie desnudo del Crucificado, atravesado por un clavo, y allí se detuvo la vida terrena del padre Jacques, transfigurado en una vida nueva por el martirio, hecho testigo fiel de la misericordia de Jesús Resucitado.

 

Criado bueno y fiel, pasa al banquete de tu señor. (Mateo 25, 21)