Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Necesitamos llevar cosas

Ayer acabé tarde de trabajar; estaba muy cansado por el encierro espacial de la tienda y triste. No sé por qué. Esas cosas pasan, quiero decir, estar triste y no saber por qué. O sí lo sabes pero es una amalgama de tantos factores que enumerarlos te pondría más triste aún por agotamiento. Me quito los pantalones largos que acaloran mi piel hasta freírla y me coloco unos ridículos gayumbos hechos por vietnamitas para el Primark. Y así paseo por una ciudad hermosa pero envuelta hoy en lumbre, a pesar de la ligera brisa de la caída de la tarde. Caigo en la Plaza Mayor, me recuesto en una columna y veo venir a un viejo? conocido de mi juventud. Un tipo que perdió el norte un mal día y se echó a la calle a vagabundear, al alcohol y al abandono. Tras la barbada sucia creí equivocarme cuando le saludé. Había envejecido: bolsas pronunciadas bajo los ojos, arrugas en el entorno. Pero no, era él. ¿Cómo estás?, le dije- y sentí vergüenza por el eufemismo. Hablamos. Le había dado un infarto. Tras una semana ingresado “me escapé”, dice. Le pregunté la edad, ”cincuenta y cuatro, más joven que tú. Mira tengo seis hermanos y cuando me fueron a ver al hospital les dije: ¡fuera de aquí todos a tomar por el culo!. ¿sabes quién tiene la culpa de todo?. Yo”. ¿Y por qué no enderezas tío, eres muy joven todavía?. ¿Y esa chamarra?, ¿no tienes calor?, ¡no me jodas!. “Es para llevar cosas, pañuelos, siempre tengo que llevar algo, dame algo anda.” No tengo suelto, de verdad, no tengo.

 Me fui paseando al Huerto de Calisto y Melibea, ya noche cerrada y bulliciosa. Pero allí parecía otro mundo, con cuatro parejas y un silencio precioso. Me senté bajo una parra. Recibí un email: “¿encargo pizza?”.Sí. “Pues pásate a buscarla”.

 Siempre tenemos que llevar cosas. O una pizza, o una mala vida. O unos estúpidos gayumbos.