Sábado, 16 de diciembre de 2017

Pokémon y yo

Pokemon y yo no tenemos el gusto de habernos conocido. Por eso mismo ni una sola palabra hemos cruzado en algún camino. Por supuesto que él es muchísimo más famoso (y joven). Y posiblemente eso hace que sea inalcanzable para mí el conocerlo. Pero he decir en mi descargo que no es el ideal de los personajes que yo deseara conocer. Que tan amarillo no me va. Ni el color ni las formas de un dibujo algo áspero y tan puntiagudo (y tan falsamente tierno). Y que animalitos como esos dejé de admirarlos cuando Disney se nos murió hace ya mil años (y aquellos eran muchísimo más creíbles, dónde va a parar usted).

             Este Pokemon de ahora debe ser riquísimo (feísimo, según mi gusto, pero riquísimo). Ingresará en royalties ni se sabe cuánto. Es seguido por todos lados. Dicen que te puedes chocar, no con él, sino con alguno de sus amigos y seguidores en cualquier esquina cuando lo buscan tan denodadamente sin mirar qué tienen al lado. Que es como dios en amarillo. Y los jóvenes felices con buscarlo (y encontrarlo). También que algunos padres son felices de que Pokemon haya salido por fin a las calles del mundo para que así los hijos también salgan (obligados a hacerlo). Y eso parece ser todo un descubrimiento. Y los de Nintendo, el campanazo, y más forrados que nunca.

             Mi móvil es de los que están impermeabilizados contra eso (y otros seres por el estilo). Así que yo no lo busco y por eso mismo tampoco lo voy a encontrar. Y puede que me pierda algo bueno con ello. Es como lo de los agnósticos. Pero uno tiene ya un convencimiento y una edad (la edad del bronce casi). Y está la cosa para pocos convencimientos más. Sobre todo en este mundo de mayores desconfianzas y desatinos. Son los tiempos (imagino).