Martes, 12 de diciembre de 2017

A mí, que me entren

Había un señor en mi pueblo, vecino mío, que se pasaba las horas muertas, al anochecer y después, sentado en el poyo del lado de la puerta de su vivienda. Su figura era inconfundible: su chaqueta y pantalón de pana, su bilbaína mugrienta, una cayada entre las piernas y su sempiterna colilla colgada de la comisura izquierda de sus labios. Saludaba a todo el mundo, y repetía: “ya ves, tomando el fresco”; pero no sólo disfrutaba de aquella brisa confortante, que se despertaba con la llegada de la noche, sino que permanecía allí, como una estatua erigida sobre un pedestal, esperando que alguien le entrara en su casa. Tenía facultades, más que sobradas, para penetrar en su hogar, cerrar las puertas, la de arriba y la de abajo, y echar sus fallebas, pero él se repetía parsimoniosamente: “A mí, que me entren”.

Y esta anécdota cae bien en las circunstancias en que vivimos: “A mí, que me entren”. Parihuelas, haylas, ahora, hay que dar con los costaleros; por lo visto, el otro día, en el Congreso, abundaban aquellos sostenedores con creces, yo diría que hasta con cogolmo, pero parece ser que los susudichos señores tienen miedo al qué dirán. ¿¡Si ya habéis superado el momento de la vergüenza?!, ¿a qué teméis? Yo opino que esas aposturas para hacerse de rogar es una treta más, que nadie se traga, pues el propósito ya está pactado, consolidado,  firmado y rubricado.

Cuando se despeje un poco la niebla de las coherencias, incoherencias y tomaduras de pelo al ciudadano, cada uno tomará posesión de su respectivo sillón, finalizarán los susurros y reinará la alegría en la casa del “padre”, porque han vuelto los hijos pródigos. ¡Albricias!

Y no hagamos caso de esas escenificaciones: “¡No apoyaremos nunca al PP!”. ¡Pero si ya lo habéis hecho a cambio de un plato de lentejas!; pero no me engañéis con el futuro, pues el futuro no existe, ya que el tiempo se va deslizando a pasos de instantes, y, en un santiamén, se va convirtiendo en un presente habitual, presente en el que la voluntad continuará secundando los afanes del señor; y  así, sucesivamente; y me parece muy bien, pues la vida política se va construyendo “partido a partido”, y solidificando intenciones afines.

Lo que no soporto es que me tomen por tonto. Ellos van a lo que van: a defender sus habichuelas y a satisfacer sus egos.

Dios los cría, y ellos se juntan. Peor avenencia tienen los hijos del diablo.