Domingo, 17 de diciembre de 2017

Volver a emocionar

Leo que el Tour ha sido aburrido. Que si el monopolio de Froome, que si la tiranía del equipo Sky, que si la ausencia de competición. Lo leo de todas las maneras posibles en todos los medios que mi tiempo y mis ganas me permiten digerir. Compruebo que algunos periodistas acuden a la nostalgia para hacer comparaciones e invocar el viejo –y añorado– ciclismo (algunos reclaman hasta que vuelva Hinault). Otros, incluso, hablan de vergüenza y de malas artes. Como si Froome hubiera ganado el Tour corriendo por las laderas del Ventoux a falta de bicicleta. Como si de verdad hubiera sido necesario expulsarlo, en aplicación literal del reglamento, como castigo de su exhibición pedestre, para salvaguardar la grandeur de la carrera francesa.

 

El 1 de septiembre de 1923, un terrible terremoto sacudió la región de Kanto, en Honshu, principal isla del archipiélago japonés. Pronto se corrió el bulo de que la culpa de todo era de los coreanos, que estarían aprovechando la situación para hacer pillaje, envenenar los pozos e incendiar varios edificios. Las persecuciones y matanzas fueron brutales. Más de 2.000 ciudadanos de esta procedencia fallecieron a causa de estos violentos disturbios. Pues bien, salvando las distancias y subrayando lo macabro del acontecimiento histórico en comparación con lo banal del asunto, creo que el periodismo, también el deportivo, está cayendo en la búsqueda del bulo –cuando no en la mera invención– para seguir vomitando letras que interesan muy poco. Los coreanos son, ahora, el buen gusto, el estilo y la capacidad de seducción; los lectores, en definitiva, a los que, por abandono, se les invita a jugar al Pokemon Go en los minutos que antes le dedicaban al café y al periódico.

 

Las plumas del nuevo periodismo deportivo saben que los eventos están abiertos al público y que su crónica es solo una más de todas las vertidas en los blogs y las redes sociales. Se sienten impostores por cobrar, aunque sea una miseria, por hacer lo que tantos otros hacen, puede que incluso mejor –y de manera gratuita–, al exteriorizar lo pensado. Y buscan, por ello, ángulos que, de tan oblicuos, se vuelven inverosímiles. Inverosímiles, digo, por pretender mirar lo que pasa desde lo alto de una mesa, pero con las gafas de siempre.

 

Huelga huir, rearmarse y retomar el combate. Es eso o rendirse, levantar los brazos y rezar por que se cumplan los protocolos incluidos en la Convención de Ginebra. Es hora de releer a Buzzati o Galeano y comprobar que ni tener pulso de cirujano puede evitar que tiemblen las manos que sujetan los libros donde habitan sus crónicas y sus cuentos sobre ciclismo y fútbol, respectivamente. Volver a emocionar. No hay otro modo. Volver a emocionar y dejar de buscar culpables en un terremoto. Por aquí debe pasar el buen periodismo deportivo. Por aquí, que no por esta columna colmada de todos los vicios que denuncia: nostalgia y exageración. Y aunque el Tour haya sido un coñazo