Lunes, 11 de diciembre de 2017

La admiradora

Me da hasta vergüenza confesarlo a estas alturas… Con cincuenta y tantos cumplidos y me ha salido una admiradora. Admiradora ferviente, no se crean, que si no fuera así no la pondría yo de protagonista en este guindo.

No soy consciente de haber dado pie. Procuro ser agradable, incluso a veces me sale ser simpático, pero no pensaba que esto fuera a llegar a más. Vamos, que no lo iba buscando. Tengan ustedes en cuenta que mi costilla hay semanas que también lee estas cosas, y para qué nos vamos a complicar más la vida…

En suma, que uno trata de ser amable y tampoco está de tan mal ver –visión subjetiva, claro-. Así que sí, admiradora al canto que me dedica escritos bonitos, imágenes idealistas, atardeceres maravillosos… No, esto último todavía no, pero cuando me da por soñar yo también me pongo un poco tonto…

La única pega es la distancia. Una está allí, el otro aquí, y un amigo me dice que con estos mimbres no hay nada que hacer. Pero se equivoca; estoy convencido. Los kilómetros son un aliciente, una emoción, un torbellino. El corazón se revuelve cuando ve un mensaje nuevo, una dedicatoria, un dibujito. Si fuéramos vecinos se hubiera perdido todo el romanticismo, la sal de la relación.

Sí, porque para mí ya es una relación. No hemos hablado aún de cosas serias: podríamos decir que, de momento, nos estamos conociendo. Con bobaditas y con dobles sentidos nos demostramos nuestro amor, y ya veremos hasta dónde llegamos. Disfrutemos del camino y ya se sabrá adónde nos lleva.

Ya habrá tiempo de acercarnos, de entrar en familia, que por lo que ella me cuenta es encantadora. Tiene una hermana genial. Se llevan como si fueran gemelas. Aunque tengo que andarme con cuidado, porque a ver si lo complicamos todavía más y me llego a relacionar con la hermana; con lo celosa que mi admiradora parece, no nos faltaba otra cosa que liarla a varias bandas.

Pero no, eso son fantasías. Cómo iba yo a aventurarme a que me dejara de mimar, con las cosas bellas que me dice, con esa letra preciosa y de una profundidad insondable, que me tiene tantos largos ratos pensando en qué me habrá querido decir. He llegado a estar media hora para descifrar una frase, tantos son los matices ocultos, tantos los efluvios  intensos de cariño...

La verdad es que lo estaba necesitando. Dicen que la rutina tiene su precio, y yo ya llevo lustros casado. Las niñas se hacen grandes y el corazón se mustia. Por eso esta admiradora para mí está siendo un riego fértil en pleno secarral del verano. Una alegría en mi madurez, que me rejuvenece por momentos.

Y ya está bien de charleta, que desde hace demasiados minutos no estoy atento a lo importante.