Viernes, 15 de diciembre de 2017

Islam: algo más que media luna

Antes de tocar de nuevo el gravísimo problema que tiene el mundo en el siglo XXI, y tratando de aportar ideas claras para quienes no las tengan, bueno será establecer algunas diferencias entre los términos: árabe, musulmán, islámico e islamista y yihadista.

Árabe es toda persona nacida en un país de idioma árabe, sea cual sea su religión, sus ideas políticas o el color de su piel. La inmensa mayoría de países árabes se sitúan a lo largo de la ribera sur mediterránea, en la Península Arábiga y en el Oriente Próximo. Musulmán es quien profesa la religión de Mahoma. Dentro de los musulmanes existen diversas ramas religiosas, siendo las más importantes los suníes y los chiíes. A la muerte de Mahoma, unos se decantaron por el suegro del profeta –suníes- y otros por el yerno –chiíes-. Movimientos suníes son, entre otros, Al Qaeda, Daesh, Talibán, Hamas, Hermanos Musulmanes; y entre los chiíes podemos citar a Hezbolá. La guerra interna entre estas dos corrientes tiene su origen en el hecho de, para un radical suní, el chií es un hereje. Otro rasgo que les deferencia es que, mientras los chiíes ejercen su poder en su propio territorio, los suníes pretenden alcanzar lo que llaman su califato mundial. Los países musulmanes se reparten entre Europa –Turquía, Albania y Kosovo-, África –zona del Sahel- y Asia.  Islámico es el musulmán “conservador” que rechaza las corrientes progresistas del islamismo, e Islamista es el musulmán abrazado al fundamentalismo islámico. Así pues, podemos concluir que el islamismo es, antes que nada, una corriente política. El Yihadismo es una doctrina política partidaria del terrorismo como forma de acción contra la sociedad occidental, a la que consideran enemiga del islam por naturaleza.

En los últimos días estamos asistiendo en Europa a una cadena de actos terroristas, unos con el claro sello de la mano yihadista y otros envueltos en la nebulosa de la duda. Hemos pasado de la época en que la paternidad de  cualquier atentado cometido por personas desconocidas era adjudicada inmediatamente, en España a ETA y fuera de España a Al Qaeda, a la situación actual en que, para no tener que admitir la autoría de algún nacional “convertido” al yihadismo, se buscan rocambolescas circunstancias cuando no algún trastorno siquiátrico.

Parece como si existiera una inicial predisposición condescendiente con el mundo islámico para no atribuir ninguna responsabilidad antes de tener todas las incógnitas resueltas. Es cierto que la mente de los autores de un atentado puede guardar alguna sorpresa, como tampoco se pueden descartar enajenaciones mentales que anulen la su voluntad. Ahora bien, después de recopilar conversaciones y escritos previos al atentado en los que queda claramente demostrada su intención de causar abundantes víctimas, no es de recibo seguir parapetándose en la presunción de inocencia. Para ser capaz de ejecutar a un montón de inocentes, por muy cuerdo que se esté, siempre hay que estar enajenado. Lo demuestra el hecho de inmolarse pensando en convertirse en héroes a quienes espera un mundo mejor que éste. Contra eso hay que luchar, cosa nada fácil.

Cuando, después del 11-S, Osama bin Laden dijo: “El mundo tiene que saber que no estamos dispuestos a que se repita la tragedia de Al-Andalus con Palestina”, en España no debemos olvidar el 14-M. Los posibles enajenados ya están entre nosotros, en nuestra ciudad, en nuestro barrio. Aunque en esta situación resulta prácticamente imposible garantizar la seguridad total, los gobiernos deben arbitrar las medidas a su alcance para acercarse a ella. Hay que extremar el control sobre imanes que predican conductas claramente terroristas o atentatorias contra los derechos fundamentales y las libertades públicas, amén de analizar los contenidos de redes sociales. Para nosotros, ciudadanos de a pie, sin angustia pero con tenacidad, convertirnos en observadores de cuanto nos rodea, tratando de descubrir costumbres y actitudes que puedan servir de aviso a las fuerzas de seguridad. Resulta muy duro admitir que debemos acostumbrarnos a vivir con el terrorismo, como dice el primer ministro francés Manuel Valls, porque la raíz del problema está lejos de nuestros países. Mientras no alcancemos ese objetivo, claro que tendremos que vivir con este gravísimo problema.