Martes, 12 de diciembre de 2017

Enseñar lo que no sabe

El listado de las obras de misericordia espirituales se inicia tradicionalmente por la enseñanza. Seguramente esta prioridad recuerda los tiempos en los que muchas personas no podían tener acceso a la escuela y mucho menos a una educación superior.
  Enseñar no es sólo transmitir conocimientos sino, sobre todo, ayudar a descubrir un sentido para la vida. El objeto de la enseñanza no es sólo la erudición, sino la formación de la persona. Enseñar no es sólo compartir conocimientos técnicos, sino sobre todo transmitir valores éticos.
No se trata tanto de conocer más cuanto de conocerse más y mejor. De ahí que la enseñanza haya de ser integral, personalizada, respetuosa y libre. “Enseñar al que no sabe” significa hoy ofrecer una orientación moral con la palabra y los escritos, con los espectáculos y con las nuevas tecnologías y sobre todo, con el ejemplo y el testimonio.
            En el mundo bíblico esta tarea de enseñar al ser humano compete, en primer lugar al mismo Dios. El piadoso israelita ruega al Señor que le revele su voluntad: “Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad” (Sal 25,4). Es Dios quien ha de enseñarle a cumplir fielmente su voluntad (Sal 143,10).
Pero si Dios es el Maestro de Israel,  también el creyente ha de cumplir su misión de enseñar a los demás a conocer y venerar a Dios y a comportarse adecuadamente en la vida. Según el libro de los Proverbios, la educación es una tarea de la familia: “Atiende, hijo, la instrucción de tu padre; no rechaces la enseñanza de tu madre” (Prov 6,20). 
  En los evangelios se concede una gran importancia a la doctrina que Jesús   transmite en las sinagogas, en las plazas y en el templo de Jerusalén. Todos advierten que enseña con autoridad (Mt 7,29).
El camino que recorre Jesús junto a los discípulos que salen de Jerusalén y se dirigen hacia Emaús es un buen ejemplo de esta obra de misericordia.  Asistidos por la fuerza del Espíritu de Dios, estos discípulos podrán enseñar un día a la multitud de sus oyentes en el nombre de Jesús.
Por su parte, san Pablo trata de enseñar lo que ha recibido del Señor a través de la tradición. En las comunidades cristianas primitivas se sabe que los hermanos han de tratar de enseñarse unos a otros (Col 3,16).   
Enseñar al que no sabe es una misión sagrada.Nadie ha sido llamado a imponer sus opiniones a los demás. Nadie es dueño de la verdad. En toda persona duermen las semillas del bien. Al tratar de enseñar a los demás descubrimos con gratitud que nosotros recibimos de ellos las mejores enseñanzas de nuestra vida.
 Esta obra de misericordia nos recuerda a los cristianos nuestra propia vocación. Todos los creyentes en Jesucristo hemos sido enviados para enseñar el camino de Dios, para ayudar a las gentes a descubrir a Jesucristo, para dejarse guiar por el Espíritu que da la vida.
                                                                          José-Román Flecha Andrés

ORACIÓN INSISTENTE

 “Que no se enfade mi Señor si hablo una vez más. ¿Y si se encuentran diez? Contestó el Señor: En atención a los diez no la destruiré”. Así concluye el regateo con el que Abrahán trata de interceder ante Dios por las gentes de la ciudad de Sodoma (Gen 18, 20-32).
• En Oriente es muy habitual el regateo a la hora de comprar algún recuerdo para traernos a casa. El regateo no solo es útil. Es, sobre todo, un medio para establecer una comunicación. Gracias al regateo, las personas conocen un poco más a su interlocutor.
• Gracias al regateo, Abrahán llega a conocer la misericordia y la paciencia de Dios. Sus preguntas a Dios sobre el número de justos que le moverían a la compasión son también un modelo para la oración. La oración del creyente ha de ser confiada e insistente.
 
EL TRATADO
 
El texto evangélico que hoy se proclama (Lc 11,1-13) es un pequeño pero muy completo tratado sobre la oración. De hecho, incluye un modelo, una parábola, una exhortación y una profecía.
 • El modelo es la oración del Señor. Por supuesto, los discípulos ya sabían orar. Pertenecían a un pueblo que consideraba la oración como uno de sus pilares fundamentales. En este caso es importante la comparación que mencionan. Quieren que Jesús les enseñe una oración propia de ellos “como” hizo Juan  con sus discípulos.
• La parábola refiere el incidente de un padre de familia que, molestado por su amigo en medio de la noche, se levanta para darle los tres panes que le pide prestados. Mas que un consejo moral, el relato contiene una revelación. Jesús no trata ahora de pedir a los discípulos que sean generosos con el que les ruega. Quiere revelar la generosidad de Dios.
• La exhortación incluye tres imperativos: “Pedid, buscad y llamad”. Con ellos se subraya la indigencia humana. No sómos tan autosuficientes como creemos. Pero tampoco podemos ser tan desconfiados como somos. Porque el Señor nos promete que recibiremos, hallaremos y se nos abrirá. Esas frases sin sujeto aparente, tienen por sujeto a Dios.
 
EL ESPÍRITU
 
Finalmente, el texto evangelico contiene una profecía. En ella se recogen tres frecuentes peticiones de un hijo a su padre:
• Si un hijo pide a su padre un pan, el padre no le dará una piedra. Si un hijo pide un pescado, ningún padre le dará una serpiente. Si un hijo pide un huevo, el padre no le dará uno de esos escorpiones blanquecinos que se ven en el desierto.
• Pero no se ha de fijar la vista en el significante, sino en el significado. En él está la fuerza de la profecía: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?”
Seguramente el oyente espera que Dios nos conceda “cosas buenas”. Y en realidad, eso  es lo que casi siempre pedimos al Padre. Pero la profecía incluye una promesa superior. La verdadera “cosa buena” es el Espíritu mismo de Jesús. Ese es el verdadero don de Dios.
- Padre de los cielos, confiamos en tu misericordia. La oración nos revela nuestra pobreza y tu bondad. Sabemos que, sea lo que sea lo que te pidamos, tú nos darás el Espíritu que nos lleva a reconocerte como Padre de Jesús y Padre nuestro. Amén. 
                                                           José-Román Flecha Andrés