Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Camino del cementerio

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Llevo unos días sin pasarme por el bar. Estoy disfrutando de la tranquilidad de la casa en soledad. Me da tiempo a hacer muchas cosas y no me apetece ni vestirme para salir.

Por las redes, me entero de las peripecias de la caravana de salmantinos (junto a otros cientos de otras ciudades) que, en Grecia, tratan de acercarse al mundo de los refugiados y llevarles el consuelo de que sepan que no están solos. Que por encima de los Sánchez  y los Rajoy hay miles de personas que no les dan la patada, que no les rechazan ni piensan que vengan a robarnos nada ni a matar a nuestros vecinos, ni a imponernos cultura, religión o pensamiento.

Por las redes me entero de que el cónsul español en Atenas les ha recibido… ¡en la calle! Se ha negado a que entrasen para hablar y ha salido él a mantener una escasa conversación de diez minutos ¡en la calle!

Primero me indigné. Luego me alegré. Me alegré porque ha acudido a nuestra casa (en lugar de vernos en la suya). Me alegré porque así se constata que la calle no es de Fraga (ni de sus herederos) es nuestra, de todos (de todas) los que están en Atenas. De todos (de todas) las que estamos en España, pero tenemos el corazón en Atenas.

Vergüenza de gobierno; vergüenza de Europa. Condenan a muerte a familias enteras. Las arrojan a un gobierno turco (de garantía, nos decían) que los confina o los mata.

España, como Europa, tiene las manos rojas. Rojas de sangre de refugiados que huyen de la muerte. Y muy pocos protestamos.