Domingo, 17 de diciembre de 2017

El viaje interior

La opinión de Málaga se hace eco de la obra de Antonio Colinas
La memoria es una soga con nudos y desenlace. De ella colgamos la sombra de lo que fuimos y el peso de lo que somos. A su cuerda engarzamos cuentas de fábulas, cuentas cicatrizadas en redondo o en cuadrado, cuentas de voces que se trenzaron con la nuestra, cuentas de agua que se prendieron con la lluvia, con las lágrimas del llanto, con las fuentes en la que bebemos de vez en cuando el misterio de la vida. Y también con cuentas pendientes y lo que, cuando el tiempo se hace de noche o poema o relato, contamos a tramos para los demás y para nosotros. En forma de versos, a la manera de las narraciones orales, de aforismos, de narración de viajes o como el ensayo de un monólogo frente a la conciencia de la muerte. Sin la soga de la memoria es más difícil darle a diario cuerda a la vida y enlazar con su materia la atención de los que la oyen.

Es la memoria la que siempre responde,  dice Antonio Colinas cuando se escribe a sí mismo a sotto voce y deja que la maroma de lo vivido saque del mar, que en un día de infancia le robó el aliento, y lo mismo que si fuese el copo marinero del sur del agua, todas aquellas experiencias que lo hicieron poeta. «Una manera de ser y de estar en el mundo, y una guía de conocimiento». Así lo subraya Colinas en Memorias del Estanque, el viaje que nos ofrece a través de la filosofía de culturas que Huxley llamó filosofía perenne y de la vocación de la poesía con la que lleva años traduciendo la vida, el espíritu de sus maestros y autores admiradores, la realidad que testimonia mediante su escritura.

Aleixandre y María Zambrano. La profundidad austera, la elegancia de la duda y del razonamiento, el yo personal que se revela interiorizado en lo demás, y lo demás a su vez en el yo, son los pilares no sólo de la escritura coliniana de este juego de aguas de la memoria, sino también de la actitud con la que el escritor  busca en los sucesos de su vida la naturaleza, lo mistérico, la depuración de las emociones y su maduración, las claves vitales y estéticas del mundo, del arte, la meditación y la muerte. Las aguas subterráneas de este estanque en el que Colinas rebusca en las ruinas de la infancia, en los estados de la felicidad, en los veranos donde renace, en el reencuentro con los paisajes que lo conforman e identifican. Sus hallazgos son la pintura y la música de Tiziano y Botticelli, de Bach y de Mahler, la impronta de Oriente en su silencio interior, la experiencia de la poesía vivida en las calles de Latinoamérica, las lecturas de Leopardi y de Rilke, de Machado y Juan Ramón, de los Panero, de los  italianos Montalo y Sereni, la filosofía de Jung, la huella mística descubierta en un pueblo lombardo junto al lago Iseo o la descubierta en un antiguo retiro franciscano frente a Sierra Nevada, el otoño resaca del mayo francés del  68,e l Madrid del café Gijón. Lugares en los que el hombre dialoga con el poeta y el poeta con el hombre que fue niño en La Bañeza, adolescente sin familia en Córdoba –donde encontraría el grupo Cántico-, joven deslumbrado por la cultura en Italia, escritor encontrando su naturaleza de escritor en Ibiza y huésped para tiempo en Salamanca. Paisajes que se transforman también en rostros humanos como el de joven crítico de poesía Francisco Umbral, el del maestro Neruda, el de Javier Lostalé que lo introdujo en Madrid en el ambiente cultural de los 70.

No se mira Colinas narciso en el estanque.  No es su reflejo lo que busca. Tampoco los oráculos de futuro ni los susurros emergentes del limo del pasado. Su mirada es más limpia y serena. Responde el agua con la voz sabia del tiempo. Es lógico por tanto que sean unas memorias en paz sin ajustes de cuentas con autores, anécdotas o sucesos propios. Se trata de un diálogo y de un retrato renacentista, sin apenas sombras. La luz de lo vivido  a lo largo de los 70 años del autor de Sepulcro en Tarquinia, Tiempo y sombra o El crujido de la luz, lo impregnan todo: el diario de su vida cotidiana, los pensamientos que lo asaltaron en momentos determinados, el amor por su vocación, los instantes de fuga nocturna entre las islas de las estrellas, la explicación de los símbolos fértiles y los silencios de los que nace su poesía y en los que se sustenta el hombre Antonio Colinas. Unas amenas memorias que explican la unión de la vida, la literatura y el conocimiento. Gracias aguas de agosto por habernos renacido a este gran poeta.

GUILLERMO BUSUTIL

(La opinión de Málaga)