Lunes, 18 de diciembre de 2017

Nada que hacer

A pesar de que estamos ya en verano avanzado, espero que no se tome como blasfemia mi afirmación de que julio es demasiado corto. Necesitaría unas tres o cuatro semanas más para acabar todo lo que me había propuesto. Y no es que haya estado parado precisamente…

Recuerdo hace unos años, tampoco tantos, que desde mitad o finales de junio -eso dependía de cuándo tocara examinar- uno tenía unas largas y tranquilas semanas para acabar los diferentes trabajos de investigación que se tuvieran en marcha y que la vorágine del curso no había permitido rematar. Luego trataba de descansar algo en agosto, y tras los exámenes de septiembre uno volvía a poder coger aire para empezar de nuevo el curso a principios de octubre.

Todo eso ya cambió. Por supuesto los vecinos ya a mitad de mayo siguen diciendo eso de: “Qué, de vacaciones ¿no?”. Y uno sigue poniendo cara de besugo, porque para qué va a ponerse a explicar que en la Universidad no sólo se dan clases. Es más, que el dar clases no es más que un resultado natural de una tarea paciente y solitaria de estudio y de reflexión. Lo que, con la boca chica como para no ofender, llamamos en este país “investigación”. Sí, también en Derecho y en cualquiera de las especialidades de nuestra Universidad.

Pero he aquí que desde hace unos años nos empeñamos en alterar todo eso. Los exámenes ordinarios debían pasar a finales de mayo, los de repesca a finales de junio. Pero eso no liberaba septiembre porque cada vez empezamos las clases más pronto. Y tampoco el resto de julio porque entre estos amagos de pseudoinvestigación -con honrosas excepciones- que deben hacer los estudiantes de último año de carrera, con la corrección por parte del profesor correspondiente, las evaluaciones exprés de esos trabajos, los informes de los programas de doctorado que son un nunca acabar, nos pasamos medio verano a matacaballo, con la lengua fuera y con la sensación paradójica que uno no ha hecho nada de provecho.

Sí, las investigaciones siguen pendientes, salvo que uno siga asaltando los fines de semana y robando tiempo a la familia, en cuyo caso se intenta llegar al equilibrio de lo imposible. No se lo van a creer, pero bastantes de los que están en agosto de vacaciones universitarias aprovechan para avanzar en lo postergado, que ya se han pasado plazos de todo y luego vendrá septiembre con las primeras curvas del curso.

Pues en estas estamos, empezando a preparar cajas para trasladar media biblioteca, previendo esa sensación desagradable de que cuando estés escribiendo, allí en la terraza del lugar que te gusta, te va a faltar ese libro tan importante que te aportaría una cita luminosa para aclarar el significado de todo tu nuevo estudio. Pero que se ha quedado pasando calorcito, en una atiborrada buhardilla de las cercanías de Salamanca.

No obstante, la vida es muy desigual. Pura descripción: Mientras uno va pensando en cómo es capaz de encontrar nuevas perspectivas a las enseñanzas de los viejos maestros, aprovechando la brisa del Mediterráneo, alguien habrá que se quedará en el secarral en la misma tónica del resto del año: eligiendo qué bobada pone en las redes sociales, maquinando cómo puede complicar la vida de los que están a su lado o, en definitiva, disimulando para ver cómo pierde el tiempo de manera miserable. Es increíble, pero es cierto: hay gente para la que el meollo de su futuro inmediato es solo un vano e insustancial “nada que hacer”.