Sábado, 16 de diciembre de 2017

Contra el fanatismo: Gratuidad, justicia, universalidad

Presenté ayer un capítulo central del libro de J.L. Suárez sobre el fanatismo y vuelvo hoy sobre el tema, retomando algunos elementos de mi presentación de ese libro.

Tres fanatismos, un fanatismo de fondo:

El fanatismo es la perversión de la religión, de la economía y de la política, es decir de los tres rasgos principales de la vida humana:

-- Religioso. Hay en este momento un fanatismo más visible, que es el de ciertos grupos pseudo-religiosos, como un islamismo militante, que utiliza métodos de terror externo, a quien muchos toman como Primer Diablo, y como chivo expiatorio universal.

-- Económico. Pero hay también un fanatismo económico expresado por un tipo de capitalismo, que se presenta a veces como democrático, pero que domina y se impone sobre el mundo entero. Este capitalismo es también es también un Diablo, y quizá el mayor de todos, aunque a veces no lo tomemos como tal.

-- Político-social. Hay, finalmente, un fanatismo grupal, propio de naciones, razas y/o colectivos sociales (en general de estados) que se toman como privilegiados, queriendo imponer su visión política sobre el mundo entero, en formas que se acercan al fascismo.

Contra el fanatismo, una experiencia universal de vida.

La respuesta de J. L. Suárez contra el fanatismo se vincula de algún modo a los tres principios de la Revolución Francesa (igualdad, libertad, fraternidad), aunque modulándolos de un modo algo distinto, desde un fondo cristiano, partiendo de la gratuidad de la vida, para insistir en la justicia y culminar en la universalidad. En esa línea, su visión de Jesús como "rey" implica una apertura a la gracia de la vida, a la política como diálogo tolerante y a la economía como expresión de una apertura universal a los principios de la vida:

-- Gratuidad, la vida es don. El punto de partida es la experiencia de la realidad como una gracia, es decir, como un don, un regalo que recibimos.

-- El centro de su programa es la justicia, entendida como respeto a todos, empezando por los más pobres, para abrir de esa manera espacios de entendimiento y diálogo para todos los hombres y mujeres, desde la diversidad.

-- La meta es la universalidad, es decir, el diálogo entre todos los hombres y mujeres de la tierra, partiendo del mensaje de Jesús y de la búsqueda de entendimiento pleno entre los hombres.

En el principio está la gratuidad

Más allá de una ley o dinero (o raza o religión) que divide a los hombres en buenos y perversos, él anuncia un evangelio de gracia universal, que sitúa a los hombres ante el principio creador de Dios. De esa forma, en un contexto social donde triunfa el miedo, el enfrentamiento y la muerte, Jesús ha proclamado e iniciado un camino gozoso de “reino”, es decir, de pacificación universal.

Cierto tipo de judaísmo había instaurado una religión de violencia y venganza. Pues bien, en contra de ella, Jesús ha proclamado la gracia de Dios, ofreciendo a todos una experiencia más alta de bondad (de crestianismo). De esa forma se revela el Dios de la vida y el amor precisamente allí donde los hombres (conforme a la visión judía del talión) tendrían que haber terminado matándose entre sí. Jesús ofrece perdón en el lugar donde no había perdón, promete vida allí donde no existía lugar para la vida.

Siglos de disputas ideológicas y de instituciones de poder sacral nos han acostumbrado a entender ese principio de gratuidad de Jesús como una forma intimista de sentir y de vivir, lejos de los afanes y tareas del mundo exterior, que se hallaría entregado a la violencia. Pues bien, en contra de eso. Jesús ha interpretado y vivido la gracia como experiencia concreta de fidelidad humana y transformación de la misma sociedad, partiendo del perdón gratuito.

Esa es la experiencia más universal y más sencilla, propia de todas las religiones que descubren y proclaman que la vida es un don, no teoría, ni producto de la ley, ni objeto de intereses enfrentados.
Jesús ha descubierto que una teoría social que divide a los hombres por sus obras en buenos y malos (conforme a la justicia del talión) desemboca en una violencia de muerte; ha descubierto también que allí donde los hombres no tienen más principio de actuación que el interés y la ley terminan por oprimirse y matarse. En contra de eso, él ha visto que la vida es un don que los hombres deben compartir y que sólo así, siendo don unos para otros, ellos pueden superar el riesgo de la bomba, la violencia de la muerte.

En ese sentido, él ha podido tratar a Dios como Abba/Padre (es decir, como puro don), poder de amor que concede a los hombres todo sin pedirles nada, un Dios que habita su interior, sin apoderarse de ellos, que les "dirige" sin ser soberano en el sentido político o posesivo del término. Ese Dios Padre de Jesús no se opone al Gran Silencio del budismo, ni al Brahmán universal del hinduismo, ni al Allah de las tradiciones místicas del Islam, porque no es un Dios de oposición y exclusivismo, sino experiencia de amor gratuito, que se abre sin distinción hacia todos lo hombres.

Ese Dios no es signo de una ley impositiva, propia de algunos; no es el Señor de una religión particular (ni judía, ni cristiana o musulmana). No planta ante nosotros el árbol de lo bueno y malo, para juzgarnos después por lo que hagamos. No mira a lo que hacemos para luego sancionarnos según lo merezcamos. En contra de eso, él es Padre de todos, no por debilidad, sino por energía superior.

No perdona por impotencia (porque todo da lo mismo) sino por super¬abundancia de amor: asume nuestro propio camino de flaqueza y quiere re-crearnos en nivel de gratuidad precisamente allí donde nosotros corríamos el riesgo de «des-crearnos» para siempre, es decir, de destruimos. Por eso, el anuncio de Dios no puede interpretarse como teoría teológica, sino como experiencia de libertad interior, más allá de las diferencias confesionales. Dios no me hace cristiano o judío, budista o musulmán, sino simplemente un ser humano, alguien que es capaz de asumir y desplegar su vida como gracia.

Teníamos a Dios bien encerrado, bajo llaves de talión, de juicio y venganza, conforme a la visión de las varias religiones. Habíamos pensado que se hallaba obligado por los pactos de Israel, de tal manera que debía someterse a las acciones de los hombres, para responderles en el mismo plano. Pues bien, en contra de eso, Jesús afirma que Dios es superior a esos principios de moral y pactos, pues se encuentra por encima de la distinción entre religiones.

Dios es padre universal, gracia creadora. Por eso, más allá del puro juicio, rompiendo los esquemas y equilibrios del miedo que dominaba a los hombres, él se manifiesta como libertad de gracia que perdona, es decir, que nos permite ser como somos, abriendo un camino para que podamos ser como debemos. Un tipo de ley supone oposición y limitación: cuanto más doy menos tengo; cuanto más quito a lo otros más poseo.

En contra de eso, el Dios de Jesús es fuente de abundancia para todos y así nos permite superar las limitaciones de una posesión egoísta y de una lucha por los bienes. Ésta es, a mi juicio, la gran "mutación evangélica": el descubrimiento del valor creador de la bondad, superando el deseo posesivo que nos hace pensar que somos y valemos en la medida en que triunfamos sobre otros.

Este principio de gracia tiene un sentido religioso, pero puede y debe expresarse también en formas económicas y sociales. Por largos siglos, los hombres han pesando que los bienes de la tierra deben conquistarse por la fuerza, que sólo se puede vivir con sacrificios (matando de algún modo a los demás). La nueva “lógica” de Jesús invierte esa ley de violencia y de disputas por los bienes de la tierra, para crear un mundo universal de bondad, es decir, el “crestianismo” de J. L. Suárez.

Un camino desde abajo: la justicia

En el centro del mensaje de Jesús se encuentra la palabra clave de la profecía israelita: «los pobres son evangelizados» (Mt 11, 2-4; cf. Is 61, 1). Eso significa que aquellos que menos tienen en un plano de mercado legalista pueden recibir, acoger y expandir la buena noticia de la vida (que es siempre compartida).

Muchas veces se han querido cambiar las cosas por pura ley o violencia, y por eso han sido frecuentes las guerras. Pues bien, en contra eso, Jesús propone un cambio universal que se funda en la gracia y se realiza precisamente desde los más pobres, sin apoderarse del mando del Estado (cosa que iría en línea de riqueza), sino cambiando de un modo gratuito el orden social.

Jesús no aguarda pasivo a que venga Dios y entonces mitigue nuestro llanto. Sabe que Dios está presente y quiere actualizar (manifestar) su gracia precisamente en los lugares donde triunfaba el poder de la violencia y de la muerte, que se expresaba en alagunos aspectos básicos de la experiencia religiosa del entorno.

En gesto de sacralidad intensa, los levitas atienden su templo; los fariseos mejoran la ley; los apo¬calípticos aguardan el final, los celotas preparan la guerra... Casi todos querían establecer un orden social particular, con el triunfo de mi propio pueblo sobre los demás.

Pues bien, en actitud de sorprendente creatividad mesiánica, como “Cresto” de Dios, Jesús acoge (perdona, ofrece Reino) a los necesitados en cuanto tales, de su pueblo o de otros pueblos. De esa for¬ma, buscando una nueva justicia. Él ha superado los esquemas del nacio¬nalismo judío de su tiempo, actuando como «mesías de los pobres», más que como Cristo nacional israelita, en la línea del reino de David. No elige a los pobres porque son mejores (pues eso supondría que tienen un valor que otros no tienen), sino porque están necesitados, y porque Dios les ama, sean judíos o no judíos.

Es evidente que, en esa línea, podemos verle como un filántropo, un amigo de ex¬pulsados, marginados, pecadores. Pero no es filántropo al servicio de un sistema de poder: no pretende mantener un orden establecido, ni fortalecer el mando de «los buenos», sino ayudar a todos, apareciendo así como Cresto. De manera sorprendente, él ha superado los esquemas so¬ciales que parecen más sagrados ofreciendo su solidaridad a los que están expulsados del sistema. Partiendo de ellos, de los pobres y expulsados, de los que no tienen más que humanidad (es decir, amor de Dios), Jesús quiere y puede construir el Reino de Dios, en este mismo mundo, por gracia de todos y no por imposición de unos sobre otros, y de esa forma manifiesta la justicia de la gracia.

En vez de condenar a los perversos a través de un juicio apocalíptico, Jesús les ofrece la vida de Dios Padre. En vez de expulsar a los pobres, para que el sistema pueda mantenerse, Jesús inicia con ellos (desde ellos) un camino donde pueden integrarse todos. Por eso no ha cambiado el orden de factores, limitándose a poner a los injustos en las plazas antes reservadas a los pretendidos justos, ni a los pobres en el lugar de los ricos, ni a los enfermos en el lugar de los sanos, pues de esa forma habría ratificado otro tipo de riqueza y ley, sino que ha iniciado, desde los marginados y enfermos, un camino de filantropia en el que, al fin, habrá espacio para todos simplemente como hombres y mujeres, sin otro valor que el de la humanidad.

De esa forma, Jesús ha superado de raíz las diferencias religiosas de tipo ideológico que distinguían a judíos y paganos (a musulmanes, cristianos y budistas, por hablar en lenguaje actual), abriendo un camino de comunicación gratuita para todos, desde los más pobres. De esa forma ha superado la pura justicia conmutativa (en línea de mercado), para iniciar una nueva experiencia de humanidad, desde los pobres y los expulsados sociales, para abrir manera una experiencia y camino de Reino, es decir, de justicia, para todos. Dios no quiere a los hombres para premiarles o pedirles después alguna cosa, sino simplemente porque él es bueno, y porque es querer: porque él es Padre y goza haciendo que exista vida copiosa. Este es el evangelio que Jesús proclama a los más pobres, revelándoles su propia dignidad humana.

Abundan en el mundo las proclamas y manifiestos ideológicos que dicen buscar la justicia para todos, pero en el fondo sólo buscan el bien egoísta de algunos. Jesús, en cambio, quiere la gracia y justicia para todos. Esta es su novedad: en medio de una tierra que parece condenada a repetir siempre los mismos esquemas de marginación y lucha mutua, de fanatismo y violencia. Esa gracia que Jesús ofrece al pecador o al pobre forma parte de un misterio que desborda todas las razones y diferencias confesionales, llegando a lo más íntimo de cada persona, para hacer así posible un camino de comunicación universal.

De esa manera, desde los pobres y excluidos, ha querido iniciar Jesús un camino de justicia en la que pueden vincularse los hombres y mujeres de las diversas tradiciones religiosas, para iniciar juntos un camino y proyecto de trasformación “bondadosa” de la humanidad. Del principio teológico anterior (Dios ama gratuitamente a todos) brota este dato social y teológico: los privilegiados de Dios no son los buenos y escogidos de Israel, sino los expulsados y pecadores, los hambrientos y enfermos (cf. Mt 25, 31-46). Aquí se funda la más alta justicia de la humanidad, una justicia que nace del amor privilegiado de Dios hacia los más necesitados, una justicia que se expresa en forma filantropía universal, que vincula a los hombres y mujeres de las diversas religiones (a incluso a los que no tienen una religión expresa): todos podemos unirnos en solidaridad, sin expulsar a los pobres, sino más bien creando espacio de encuentro, de entendimiento, para todos, pues el mayor bien de cada uno está en el bien de los otros.
Solo allí donde se rompe el talión de la justicia legalista y la venganza, sólo allí donde el amor supera la barrera de los méritos y normas judiciales, lo mismo que la división de los grupos religiosos, sólo allí donde vienen a ponerse en el primer lugar los pobres, es decir, los hombres como necesitados y creadores (hijos de Dios), puede hablarse de un camino de evangelio.

Meta: paz mesiánica y universalidad humana

Frente a la imposición de un tipo de mercado económico, que regula los intercambios comerciales partiendo de los intereses de los ricos, Jesús promueve la universalidad de la vida, que se expresa en la comunicación personal entre todos, partiendo de los pobres. Frente al poder de un imperio que reúne a todos desde el vértice más alto del «imperator» o general en jefe, vinculándoles en contra de un enemigo común (de un chivo expiatorio), Jesús destaca la comunicación múltiple de todos con todos, desde abajo, en forma de redes de vida y afecto, de fe compartida.

La universalidad de Jesús no se funda en una jerarquía que dirige y domina sobre todos, desde arriba, sino en la comunicación directa, que se abre desde abajo, para no excluir a pobres y oprimidos del sistema, ofreciéndose de esa manera a todos, como auténtica justicia humana.Allí donde la vida es gracia (un regalo) y partiendo de los pobres (excluidos del orden militar, económico o religioso) puede alcanzarse la verdadera universalidad, entendida como diálogo múltiple y enriquecimiento mutuo de personas y grupos (incluso de religiones).

En este contexto queremos destacar aquí el universalismo cristiano, pero sabiendo que se trata de un universalismo humano que tiene una base biológica (hombres y mujeres somos una misma especie) y una estructura dialogal: formamos una comunidad múltiple de dialogantes que comparten un lenguaje vital y un mismo camino de pobreza, es decir, de gratuidad compartida. La revolución francesa propuso un programa de «igualdad, fraternidad y libertad», que es muy bueno, pero no encontró la forma de concretarlo a través de unos cauces de comunicación abierta a todos, en un plano personal, económico y social; por eso terminó apelando a la violencia interna y cayendo en manos del imperialismo napoleónico. También han fracasado los modelos de universalidad marxista, pero el ideal y camino de la comunicación abierta a todos los sigue actuando con fuerza en nuestra vida.

Pues bien, sin negar el valor de esas y otras propuestas, pienso que sigue siendo luminosa la propuesta crestiana, recogida y recreada por J. L. Suárez, pues ella responde a la pregunta de fondo: ¿Cómo pueden vincularse en libertad y justicia los hombres, sin imposición de unos sobre otros? Ciertamente, en un nivel siguen existiendo e influyendo instituciones de diverso tipos: grupos culturales y naciones, tradiciones religiosas y sociales, pero en el fondo de todas ha de hallarse una propuesta más alta de pacificación sin violencia, como la de Jesús, a quien el Nuevo Testamento presenta como «piedra que los arquitectos desecharon y que ahora es cabeza de ángulo y principio de todo el edificio» (Mc 12, 10 par; cf. Sal 118, 22-23).
Jesús, esa piedra desechada por un tipo de arquitectos y estadistas, de economistas y líderes religiosos, no ha querido ofrecer en este campo una respuesta teórica, no ha construido otro templo, no ha querido otro imperio, sino que ha iniciado un camino de humanidad, de diálogo concreto y universal, que no se alcanza con dinero, poder o imposición religiosa, sino desde la experiencia de la bondad compartida. Éste ha sido, y sigue siendo, a juicio de J. L. Suarez el crestianismo de Jesús que he descrito en términos de gracia, elección de los pobres y universalidad.

De esa manera se formula el reto de Jesús: suscitar comunidades que nacen por gracia y se abren hacia todos los hombres, a través de una red de comunicación universal. Para ello hay que superar un tipo de orden violento, fundado en la imposición de unos sobre otros, para llegar así a la tierra de la gratuidad donde nos sitúa Jesús, el Cresto, confiando en la fuerza creadora de Dios Padre, que es simplemente amor. Conforme a sus principios particulares, algunos judíos (y romanos) condenaron a Jesús, como han seguido condenando a otros justos. Pero Jesús no respondió con violencia a la violencia, sino que ofreció a todos el Reino de la nueva humanidad. Desde un punto de vista nacional y legalista (en línea de talión), según los principios de violencia de este mundo, las autoridades que le condenaron tenían el derecho de hacerlo; pero Jesús tenía una razón más alta: la autoridad del amor gratuito, la promesa de la nueva humanidad.

En este contexto podemos recordar a Hegel (y a Marx), quienes pensaban que la historia se expresa y avanza en clave de batalla: los opuestos tienen que enfrentarse y de esa forma, venciendo unos a otros pueden conseguir una síntesis más alta. Pues bien. Jesús no ha respondido de esa forma, sino que ha seguido ofreciendo amor a los que le mataban, oponiéndose de esa manera, con bondad, como Cresto, a quienes le condenaban. De esa forma, su afirmación “crestiana”, fundada en el amor gratuito de Dios Padre, vino a presentarse, al mismo tiempo, como negación y rechazo de un orden social injusto, como una condena de las injusticias de este mundo (cf. Mt 11, 6; 15, 12; Rom 9, 33). Por eso le mataron.
Jesús quiso unir a todos en la gratuidad; pero los hombres de su entorno no querían esa gratuidad, sino que buscaban el poder religioso (sacerdotes del templo) o imperial (romanos). Teóricamente rechazaban la guerra, pero no lograban existir ni triunfar sin ella. Pues bien, en contra de aquellos que le mataron, Jesús no quiso triunfar en este mundo con medios militares y religiosos, sino que quiso y buscó el entendimiento de todos, un amor universal, fundado en el Dios que ofrece el agua de la lluvia y el calor del sol a todos los vivientes. De ese Jesús sin violencia destructora, un Jesús universal de amor, trata este libro de mi amigo J. L. Suárez Rodríguez. Con él dejo a sus lectores.