Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Los tantos viajes de Alfredo Pérez Alencart

“No deja de estar en el otro este poeta radicado en Salamanca. No deja de marcar el sello de su ética en las manos de quien sentado en una acera solicita la limosna para convertirse en una profecía”, destaca Alberto Hernández
A. P. Alencart y Luis Cabrera en el Patio de Escuelas Menores (Fotografía de José Amador Martín)

El viaje tiene sentido si se traza con los pies firmes sobre la tierra. Desde el mismo instante del comienzo, como si se tratara de una aventura bien pensada, el poeta peruano-español, Alfredo Pérez Alencart, ha sabido poner los ojos en el horizonte y ver a través de la poesía el rigor de las distancias, porque emigrar con el poema, con la savia del texto que lo empuja a estar en otro sitio, dice de las tantas veces que ha empacado y se ha dirigido –con el texto en los labios- al sitio indicado. Al lugar donde caben todas las palabras.

Esta vez el viaje es la vuelta a textos que ya había guardado en otros libros que hoy forman parte de una antología titulada Según voy de camino, publicado en 2016 por Ediciones Hebel, colección Bajo cuerda, de Santiago de Chile. Es un libro que contiene ilustraciones del artista plástico cubano Luis Cabrera Hernández, traducido al chino por Huaping Han, al bengalí por Mainak Adak, al griego por María Koutentaki y al inglés por José Ben-Kotel. Gretchen Abernathy y Matilde Escobar Negri aportaron su trabajo en la revisión de textos.

Todo viaje implica muchísimas experiencias, efímeras y pasajeras, así el significado de la palabra hebrea Hebel. Connotación de soplo, de instante, de celaje. De ojo que se mueve sobre el paisaje y lo deja atrás, ya borroso pero memorizado en el dibujo del poema.

Esta antología de Pérez Alencart, dispuesta por las ilustraciones de Cabrera Hernández, fabrica la dinamia, el movimiento, el desplazamiento. El movimiento de las palabras y del cuerpo. Pero también la quietud del viaje. Un texto es un lugar que espera, que se revela solo, como quien sentado se hace ese lugar, el viaje mismo.

La traslación de las imágenes capaces de elevar la publicación a un objeto de arte. Es un libro imaginado, onírico desde la pupila que lo convierte en huella. Dibujos y poemas se imbrican y se hacen, desde el homo luden, en una sola expresión. Cabrera Hernández supo enhebrar sus trazos con los del poema, con los referentes que conforman estaciones en los que quien escribe es el mismo viaje.

2.-

Diez son los poemas que aquí habitan. Son diez instancias vertidas a los arriba mencionados idiomas. Diez perturbaciones. Un decálogo anímico en el que Pérez Alencart puso de su conocimiento acerca de ese viaje que no para.

Son poemas breves, unos luminosos, otros oscuros, pero siempre dados a ser parte de un equipaje pleno de significados.

El primer verso,

Me acerqué al encantamiento,

dice de lo que más adelante deja ver. La luz se hace presagio en la vitalidad de un pájaro que podría representar la fuerza del universo. Algo contiene ese pequeño animal volador, algo de sagrado que posteriormente es la ciudad pronunciada a través de sus dones. Pérez Alencart le canta siempre a Salamanca. Pero no deja de tener presente el viaje soñado a sus orígenes americanos. No deja de ver la miseria, el desplante de riquezas frente a la realidad convulsiva. Un yo que no desestima el juego del poder, mientras el río Tormes circula por su sangre y lo pasea por todo lo que podría significar ese lugar.

3.-

La poesía de Pérez Alencart podría leerse también como una elegía. Como un canto desde el calor de su herencia, como una representación de lo que a diario lo niega y lo afirma.

La pérdida del padre. El rescate de su memoria. El vacío de la voz de ese alguien que se pasea sin cesar por los pasillos de una casa donde aún respira aquel hombre, “un imán”, que también representa la traslación de voces, sonidos y pasos reconocidos con la vuelta a la casa. Un retorno griego. Un viaje clásico, el trasunto épico o la anécdota del hijo pródigo, que se topa con un vigilante en la puerta: el perro de la casa, el que olisquea el polvo de la pérdida, el de la vuelta al barro en donde sólo quedan sensaciones.

No deja de estar en el otro este poeta radicado en Salamanca. No deja de marcar el sello de su ética en las manos de quien sentado en una acera solicita la limosna para convertirse en una profecía, en el tono bíblico del camino trazado, del amor imposible sosegado en la voz casi inaudible del que vive en el poema y no deja de viajar.

Según voy de camino es también un recogimiento. La poesía y el poeta viajan en el poema, pero también se detienen en un sendero a deshacerse de las respuestas que no guarda en su equipaje.

Advertido por tantas rutas, este libro de Alfredo Pérez Alencart es un destino ya previsto.

Alberto Hernández

Maracay, Venezuela, domingo 19 de junio de 2016.

  • Alfredo Pérez Alencart con un ejemplar de su antología multilingüe (Foto El Norte de Castilla)