Martes, 12 de diciembre de 2017

De vez en cuando

   Cada cierto tiempo regreso a El juego favorito de Leonard Cohen un libro que leyera hace mucho y muchas veces en la época en que leía más aunque tenía menos libros, cuando decidir qué libro comprar te llevaba un tiempo por el dinero que costaba comparado con tu paga semanal, cuando tomar una fotografía requería cautela pues los carretes sólo tenían 36 fotos y el relevado era caro. Cómo sustraerse a la relectura de un libro en el que el poeta canadiense pasa revista a sus años de formación y en el que, por ejemplo inicia una carta de amor/desamor a una mujer así: "Hay alguien perdido dentro de mí a quien desde hace tiempo ahogué estúpidamente...”, y la termina “te lo hubiera querido entregar a él, en lugar de esta cuartilla, este dolor”. Claro, con ese piquito de oro lo que debía ligar el tío, así ya se puede.

   Cuando dedicas unas horas semanales a escribir artículos sobre, se supone, la realidad, de manera que quien los lea pueda tener referentes a los que agarrarse, tienes que invertir un tiempo en estar al día, en saber qué pasa por el mundo, en ver decepcionantes debates de políticos mediocres, en saber qué opinan otros. Un tiempo precioso. Así que de vez en cuando te rebelas, lo ignoras todo (si se puede ignorar el asesinato de una diputada laborista en los días previos al Brexit o las pateras en el Mediterráneo) y decides darte un paseo por el pasado, y volver a aquello que configuró tu educación sentimental. Desde recordar los sorteos de niños, Plon, una bola de algodón pa ti, patón, fuera!, hasta ponerte otra vez el video de Nueve cartas a Berta, revisitar como dicen en inglés Manhattan de Woody Allen, o releer esa novela iniciática de L. Cohen que antes mencionaba.

   Supongo que soy un escritor frustrado porque no soy muy bueno imaginando tramas emocionantes ni describiendo personajes. Me siento más cómodo en el pasado, de ahí la necesidad de no escribir para poder vivir y acumular material. Pero me tranquiliza saber que hay escritores que han decidido quedarse en el pasado como Modiano, uno de los últimos Nobel, o como el noruego Knausgard del que un avispado me ha levantado de la biblio de la Casa de las Conchas la tercera entrega de su biografía que pensaba leerme este verano. Si estos escritores fueran psicólogos sabrían lo que es el efecto Zeigarnik que da nombre a cuando algo inconcluso del pasado, una acción que quedó pendiente, una palabra que no dijiste, tiene tendencia a quedarse en la memoria, enganchado digamos, y retorna una y otra vez. Me lo enseñó mi profe Luis Cencillo en la facultad y fue entrañable reencontrarlo años más tarde en una novela de Ray Loriga, escritor que tuvo un par de destellos luminosos en sus inicios y al que lamento haber perdido la pista. Vamos, que me pasa todo lo contrario que al protagonista de Desafío total, esa distopía futurista ambientada en Marte y en la que Schwarzenegger quiere que se le implanten recuerdos para poder tomarse unas vacaciones de sí mismo. Yo más bien prefiero irme de vacaciones conmigo mismo (bien acompañado de otros) y dejar de lado tanta actualidad de tertulia radiofónica y telediarios clónicos. Sumergirme un poco en la memoria; juguetear con ese efecto Zeigarnik para resolver situaciones pendientes; terminar Los demonios de Heimito von Doderer, una novela de mil quinientas páginas que leo y no quiero terminar pues me gusta vivir en la Viena del 1927; escuchar una y otra vez Desorden de Los Planetas (“¿Qué puedo hacer, si no puedo hacer nada para acabar con algo que no acaba?”).

   Cuanta cursiva. Se conoce que esta semana debo haberme dedicado a vivir más de la cuenta y eso me ha inspirado este artículo. A ver como se da el verano.