Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Se equivocó la cigüeña

No eligió buen lugar José Ignacio Hernández para nacer si lo que pretendía era, como ha demostrado, ganar sin descanso, una vez tras otra, en primavera o en verano, siempre que se cruza la mínima oportunidad. Y es que Salamanca, cuya fachada luce tan bella en estas noches de límpidos cielos, pone a prueba, tras cada triunfo del técnico, aquella famosa sentencia de Napoleón: La victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana.

 

Sabe bien José Ignacio que, como afirmaba Saramago, lo negativo de la victoria es que jamás es definitiva. Tan pronto como se culmina un triunfo, quizá pasadas las primeras horas de euforia y celebración, surge un hondo sentimiento de abandono que rápidamente sustituye a la sensación del trabajo bien hecho. Se abren entonces dos posibilidades: vivir del recuerdo o abrazar un nuevo proyecto. En el caso del entrenador salmantino, el hecho de que cada conquista haya sido la antesala de la siguiente, esclarece la respuesta. No hay disyuntiva posible si uno ha nacido para ganar.

 

El oro cosechado el pasado domingo es el quinto de una completa colección de medallas con selecciones de formación, que incluye una plata en el Europeo sub 16 de 2007, y a la que habría que añadir, además, un bronce con el combinado absoluto en el Mundial de 2010. En cada una de ellas actuó con un grupo diferente (uno de ellos, en 2013, masculino), con doce personalidades que, aunque integradas desde muy jóvenes en los programas de la Federación, siempre es difícil empastar en un fondo armonioso y en la búsqueda de un objetivo común. Cada verano que asume el reto de dirigir una selección, José Ignacio debe enfrentarse a veinticuatro nuevos ojos que lo miran de arriba a abajo, escrutándolo, a veinticuatro oídos distintos, dispuestos a escuchar solamente mientras los corazones de que se alimentan, sigan creyendo en él.

 

Ahí se erige el gran aval de José Ignacio: su conocimiento de las personas y de su comportamiento en situaciones de presión. Quienes más lo han tratado alaban, claro, su bagaje baloncestístico, su método basado en hacer pocas cosas, pero muy bien. El juego de sus equipos es fácilmente reconocible por su simplicidad, entendida esta como virtud alcanzada tras desembarazarse de todo artificio inútil. Pero insisto, quienes le han visto progresar en esto del baloncesto asumen que sus victorias llegan, principalmente, desde el liderazgo que ejerce sobre los grupos humanos y, también, gracias a un instinto casi innato para reconocer estados anímicos y tendencias dentro del partido.

 

Y claro que la derrota es huérfana; solitaria y temible por sus efectos. Y claro que la victoria tiene cien padres en forma de felicitaciones y abrazos más o menos sinceros, que impulsan el ánimo y reconfortan. Pero en el caso de José Ignacio todo es distinto, aunque sus amigos y muchos compañeros de profesión estimemos y valoremos con justicia todo lo que ha conseguido. Todo porque se equivocó la cigüeña, de lugar, y vino a nacer en una de esas ciudades en las que la sombra de Caín, que circula errante por este trozo de planeta, es más alargada y oscura. Todo por haber sido parido en Salamanca, capital cultural del anonimato y la mediocridad, una suerte de Saturno hambriento que, en forma de silencio institucional y mediático, cuando no de libelo y denigración, devora a sus propios hijos cuando destacan y triunfan.