Sábado, 16 de diciembre de 2017

Todos abajo, que el coche es mío

Cuando yo tenía, más o menos, diez años, fue cuando se impuso el invento de las quinielas. En los bares, se reunían, todos los jueves, las peñas, aportaba cada uno una pequeña cantidad, y el más listo o el que presumía de llevar el hábito de la buena fortuna, se encargaba de rellenar las casillas. Yo recuerdo, que, a esa edad, nunca marqué el 1, X, 2, porque no disponía de las dos pesetas, que costaba la apuesta más barata. Lo mismo, que me sucedía a mí, afectaba a una familia muy pobre, que vivía enfrente de mi casa. Soñaban con las quinielas, como único remedio de salir de la situación precaria en que vivía. Una noche de invierno, de esas de perros, mientras intentaban calentarse en una escuálida lumbre de burrajos, al mayor, se le ocurrió rellenar una quiniela imaginaria; en su corazón, vibraba la emoción de los catorce aciertos. Gritó: “¡¡¡ Nos ha tocado, nos ha tocado !!!” Entonces, los demás hermanos cavilaron la manera de gastar el dinero. Cada uno fue diciendo: nos compramos una casa nueva; otro insinuó: no, no, compramos una huerta grande para sembrar de todo para comer; el más chico pidió un traje para tomar la primera comunión; y Juan, el más señorito en presencia, ya pensaba en la marca del coche, que iba a conducir sin carné… Así, metidos en la discusión  y sin acuerdo, el padre dio un golpe en la mesa, y espetó: “Todos abajo que el coche es mío”.

No se trata de un cuento, fue tan real como la trapisonda, que vienen alimentando los partidos políticos durante no sé cuántos meses. Ellos también juegan a las quinielas, también imaginarias. El más grande defiende que las cosas van muy bien, y que, por tanto no hay que cambiar nada: el otro, el más afín, quiere que se ponga algún remiendo al vestuario, para que dé otro lustre; el más antiguo, que eso de que las cosas marchan viento en popa, que se lo pregunten a la gente o que se asomen al balcón (no a bailar) y vean lo que sucede en la calle; los otros muchachos, más adolescentes, no tienen las cosas muy claras y andan a la deriva, pero también reclaman su parte. Y así están enzarzados, sin que ninguno dé su brazo a torcer. De momento. Y no me explico el porqué se mueren de impaciencia, se queman, incluso, se  tiran de los pelos y se llamamos pecaos, si, al final, el que va a dar el puñetazo en la mesa, es el capital, don dinero, que repetirá las mismas palabras que mi vecino: “Todos abajo que el coche es mío”.   

Y ante esta situación, ¿vosotros, los políticos, creéis que merece la pena que os rompáis la cara por llegar los primeros, cuando, después, os van a convertir en dóciles comparsas, en simples cuerdas de transmisión? Es el momento de plantarse, ponerse el mono de trabajo, tomar la azuela, la garlopa y el martillo, y juntos, tomar el compromiso de erigir una plataforma sólida en defensa de los intereses de los ciudadanos: “que nos deis a valer de una vez”; pero me temo que nos segáis demostrando que sois unos hombres de medio mandil.