Sábado, 16 de diciembre de 2017

18 de julio de 2016. 18 de julio

En un día como hoy, en esta España nuestra, en otra época, con otros actores, no necesariamente mejores o peores, con la situación de una izquierda echada al monte, profanando tumbas de religiosas, asesinando sacerdotes, provocando, alentando y dando de comer a la “bestia fascista”, pues el PSOE quería la guerra civil –pensaba que la ganaría-, con el asesinato del jefe de la oposición a manos de policías sectarios, con una derecha miope, cobarde y cruel, defendiendo las diferencias sociales, consumando agresiones a los adversarios, manipulando la democracia y en contra del régimen político consumado, es decir, en una situación de bipolaridad grave y salvaje, una de esas partes se alzó en armas en lo que se convirtió no sólo en una guerra de posiciones políticas, sino también en un ensayo internacional y, en muchas ocasiones, en una lucha fratricida de envidias, de agravios personales, de ultrajes y humillaciones que venían de disputas familiares.

En aquel momento, como hoy,  también con personas en uno y otro bando que, con altura de miras, desde sus diferentes posiciones, con señorío, añoraban y trabajaban por lo mejor para España, buscando una política sencilla, cercana al ciudadano, que no engañe, en la que sabe pedir perdón y reconocer los errores, asumir sus responsabilidades, que van de frente, sin postureos, sin cálculos mediáticos, explicando su posición y respetando al adversario, que cuando quieren negociar no llevan posturas maximalistas y ofrecen el marco de posiciones que están dispuestos a modificar y aquellas que le son inalterables, por esenciales, que se preocupan de los ciudadanos y no de su rédito personal o partidario, que creen en la política como un servicio y un trabajo digno y dignificante, que son auténticos caballeros.

En su día, esos caballeros (léase, lógicamente, también en femenino), murieron por su utopía, murieron por sus ideales, por creer que las “bestias” de uno y otro bando eran posibles de domesticar, por pensar que un mundo y una política diferentes eran posibles.  Hoy, cuando algunos defienden esa posibilidad, se les suele dar la razón para, acto seguido, considerarlo imposible y seguir dando de “comer a las fieras”.

Ojalá hoy seamos capaces de aunar esos deseos, desdeñar esas imposibilidades, defender esas posiciones y hacerlas posibles no volviendo a acabar con la ilusión, con la utopía y hacerla realidad. ¡Qué difícil si no lo hacemos entre todos!