Miércoles, 13 de diciembre de 2017

“Huyamos”, dijeron

Puede tratarse de un grito entre presidarios, o de una soflama de supervivencia, quizás es un sutil exabrupto de alguien cansado que a lo mejor no puede permitirse hacer explícito su hartazgo. La tarea de las autoridades trae consigo con frecuencia ejercicios de representación en lugares y circunstancias variopintas. Se dice con cierto gracejo que hay compromisos cuyo cumplimiento está ligado al sueldo percibido por los cargos públicos en su desempeño. Quienes los ejercen se ven obligados a asistir risueñamente a actos tediosos, a presidir encuentros, a dar fe institucional del desarrollo de foros, donde hay detrás muchas horas de trabajo de numerosas personas, esfuerzo, sacrificio, e ilusiones. La potestad sanciona y reconoce todo ello con su presencia en una obra coral donde se reparten las funciones.

 

El reconocimiento de esta relación tiene un fuerte componente simbólico y contribuye notablemente a generar un cierto tipo de capital colectivo en los términos que explicó el sociólogo francés Bourdieu. Supone una especie de argamasa que es fundamental para el funcionamiento de cualquier grupo civilizado. Pero ello no debe quedarse articulado en el mero aspecto protocolario. No es una cuestión exclusiva de ejercitar la representación en términos de teatralización de la misma. Se trata de evidenciar el compromiso fehaciente entre unos y otros, para lo cual se requiere del convencimiento máximo de los roles asumidos por todas las partes. En este sentido, quien es una autoridad lo es por decisión propia, en primer lugar, y, luego, porque se satisficieron un determinado entramado institucional y sus prescripciones. Ser autoridad supone comulgar con el papel que se desempeña a cabalidad, por coherencia y por respeto.

 

Los escenarios multitudinarios son traicioneros porque el ruido de la asistencia y los diferentes focos de atención existentes permiten bajar la guardia a las autoridades presentes. Estas llegan a pensar que sus muecas o incluso sus palabras fuera de micrófono pueden pasar inadvertidas en la confusión del espectáculo, pero casi nunca es así. Siempre hay una cámara, un micrófono abierto o simplemente alguien que observa con fruición. Si, por ejemplo, registran que la autoridad en cuestión musita con premura a su jefe de prensa al concluir un acto: “¡huyamos, huyamos!”, la condición de aquella queda inmediatamente rebajada a la altura del betún, el sentido de la responsabilidad se diluye y el desencanto de quienes organizan el evento, cuando se enteran, sufre un menoscabo entristecedor. La función nunca acaba.