Lunes, 18 de diciembre de 2017

Los hermanos Aniano

Terminaba el domingo pasado diciendo. Que nos quedaba por relatar los avatares en esta historia humana de Tomás, el alcalde y Pedro, el sacristán y vamos a ello.

Pues Tomás, andaba un tanto descolocado, era un hombre rural en demasía, agricultor y muy “sabido”, elegido para la alcaldía por saber gestionar y facilidad para los números. Buen padre de familia numerosa, católico, apostólico y romano. El buen hombre se veía superado al pensar que los vecinos y sobre todo las vecinas le iban a considerar como un “casamentero” y era sabedor de que las chuflas no serían misericordiosas y hasta el rapsoda local (que siempre lo hubo) le sacaría en coplas difamatorias. A pesar de todo, no se arredraría pues el empeño de buscarle novia a Juan él no sería menos que; el médico, el maestro, el cura y el sacristán. ¡Faltaría más!. También Tomás, el alcalde era buena persona.

Pero, el que estaba que se “salía” era Pedro, el sacristán, correveidile, aguacil y relaciones públicas y más cosas; pues solamente el pensar que iría por las casas de todas las comadres, contándoles la historia y el evento en que se había involucrado, junto a las “fuerzas vivas” del pueblo ¡No tenía precio! ¡Qué le vamos a buscar novia a Juan! Y, cuentan las malas crónicas que; tuvieron que sujetarle con decisión para que no subiese a lo alto de la Iglesia a tocar las campanas con alborozo para dar la buena nueva. Pedro, aunque a veces “se pasaba” era buena persona.

Y llegó el sábado esperado con impaciencia, el día D hora H. La gran cita era en la casa del alcalde y como tenía un patio interior y allí estaba la bodega, la privacidad estaba asegurada. Pedro, el proveedor, había previsto una mayor cantidad de buen orujo y otras viandas, pues presumía que la reunión sería larga pues se tendrá que jugar al tresillo y tratar lo “de Juan” y ello cundiría mucho, hasta altas horas de la madrugada.

La expectación estaba al máximo (hasta Don Arturo, el maestro, tenía el ojo más abierto que de costumbre) se mascaba el silencio que casi devolvía su eco cuando Don Alfonso, el médico, solemne y sabedor de que su papel hoy era el de líder dijo: He pensado… (gran expectación) que el encargado de buscar novia Juan (pausa tensa)… se la vamos  encomendar a los hermanos Aniano…  ¿Qué os parece?...

De momento ni se oía el ruido de una mosca y eso que había muchas. Pero roto el impasse, aquello fue un tumulto, que se apaciguó cuando Don Alfonso continuó impertérrito: Ya he hablado con ellos y hasta les parece apasionante la encomienda.

Recuperada la calma Don Alfonso continuó (ante el gesto duro de Don Andrés, el cura, que era sabedor de que los hermanos Aniano eran tenedores de fama libertina, visitadores habituales de tugurios poco recomendables y pocos dados a definir la raya que separa el bien del mal)… Pero esto lo contaremos el próximo domingo, si Dios quiere.

Anselmo SANTOS

Contador de historias humanas