Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Enterrar a los muertos

 
En la profecía del juicio final, el Señor se identifica con seis tipos de personas necesitadas de atención. A ellas se añadió ya desde el siglo IV una séptima obra de misericordia: la de dar sepultura a los difuntos.
 Enterrar a los muertos es una medida higiénica, pero es el último acto de servicio que podemos prestarles. Este acto define la calidad y el estilo de una familia. El respeto a los difuntos denota el respeto que se concede a la persona. Por eso, nos molesta la frivolidad y la rutina con que, en algunos casos, se lleva a cabo este acto. 
La Biblia anota que Abraham se preocupa de comprar en Hebrón una sepultura para enterrar a Sara (Gén 23,4). Él mismo será un día sepultado allí por Isaac e Ismael (Gén 25,9), como lo será a su vez Isaac (cf. Gén 35,29).
Para ensalzar la virtud de Tobit se cuenta que daba sepultura a los hijos de su pueblo deportados en Nínive, aunque esa obra de compasión le mereciera denuncias y persecución. Entre los consejos que ofrece a su hijo está el de dar a su padre y a su madre una digna sepultura (Tob 4,3-4).    
Hay un texto evangélico que a veces escandaliza a las familias. Un individuo  pretende seguir a Jesús, pero solicita que le conceda permiso para ir antes a enterrar a su padre. Jesús contesta con una frase cortante: “Sígueme y deja a los muertos que entierren a sus muertos” (Mt 8, 22).  El texto sugiere que hay que  preferirle a Él antes que a otros deberes, por muy sagrados que parezcan.   
Por su parte, Jesús  interviene con su poder en los ritos funerarios de un joven de Naím, en el velatorio de la hija de Jairo y en el duelo por su amigo Lázaro. En los tres casos, Jesús devuelve la vida a los muertos.
 José de Arimatea baja de la cruz el cuerpo de Jesús, lo envuelve en un lienzo y lo deposita en un sepulcro nuevo excavado en la roca. Pasado ya el sábado, las mujeres pretenden completar los ritos del sepelio. Esa decisión favorece la manifestación del Señor resucitado.
Esta obra de misericordia nos lleva a redescubrir y proclamar el sentido humano y religioso de la sepultura. Enterrar a los muertos  puede ser un gesto profético. Por él anunciamos el triunfo de la vida sobre la muerte. Por él denunciamos la manipulación de la vida y de la muerte. Por él renunciamos a politizar la muerte y los funerales y a convertirlos en un espectáculo más en la sociedad  del consumo.
Finalmente, los funerales cristianos han de ser un momento para dar testimonio de la fe en la resurrección y para anunciar, celebrar y servir el “evangelio de la vida”. Es decir, han de ser un signo cuasi-sacramental de la esperanza cristiana
En esa celebración, los familiares y amigos de la persona que ha muerto pueden dar testimonio de su fe en la resurrección, de su esperanza en el Señor resucitado y de su amor a la persona que despiden.
                                                          José-Román Flecha Andrés
 
ACOGIDA Y ESCUCHA
 “Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda”. Ese es el estribillo del salmo responsorial que repetimos en este domingo (Sal 14, 2-5). Es una pregunta que refleja una nostalgia profunda. La de la persona que se ve perdida y desorientada por los caminos del mundo. La del creyente que, en medio de tanto ruido, anhela la paz del santuario. 
Pero ese deseo que da sentido a nuestro canto, no parece responder al mensaje de la primera lectura que se proclama en la eucaristía de hoy (Gén 18, 1-10a). No es Abrahán el que llega como peregrino al santuario de Dios. Es el Señor el que llega hasta la tienda de aquel pastor nómada.
Abrahán ve premiada su hospitalidad, al recibir y agasajar a unos peregrinos que no conocía y a los que tardó en reconocer como mensajeros de Dios. Como ha escrito el teólogo judío Elías Wiesel, esa disposición para acoger al huésped es lo que convierte a Abrahán en el padre de las tres grandes religiones monoteístas. 
 
LA TIENDA Y LA  CASA
 
Este hermoso relato anticipa la lectura del Evangelio (Lc 10, 39-42). Evidentemente, la hospitalidad es el tema que se ofrece a nuestra meditación. Es esta una virtud difícil. En otros tiempos las gentes acogían a los peregrinos. Hoy desconfiamos de todos. De los peregrinos, de los inmigrantes, de los refugiados. Preferimos vivir en la indiferencia hacia los demás.
Es interesante ver que el texto evangélico  atribuye a Marta la iniciativa de la acogida: “Entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa”. Marta se nos presenta, por tanto, como una réplica de la actitud de Abrahán. La tienda del nómada es ahora una casa. Si Abrahán no conocía a sus huéspedes, Marta parece conocer al suyo.
No olvidemos la importancia que tiene en los evangelios el verbo “recibir”. Se habla de recibir a los niños, a un justo, a un profeta y a los discípulos. Y aún más. Jesús llega a decir: “El que reciba al que yo envíe, a mi me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió” (Jn 13,20). 
 
LA PIEDRA EN EL LAGO
 
Así pues, la hospitalidad no es una decisión que afecte sólo a quien la practica. Ninguna de nuestras acciones u omisiones termina en nosotros mismos. Somos como la piedra que produce un oleaje en las aguas de un lago.
• Al borde del desierto, Abrahán se apresuró a recibir a los que llegaban hasta su tienda. Como sabemos, la hospitalidad de Abrahán terminó por implicar también a su esposa Sara, que tras las lonas de la tienda, escuchaba las promesas de los huéspedes. Una promesa de fecundidad y de vida.
• En una aldea, Marta “se multiplicaba” para dar abasto con el servicio que deseaba prestar a Jesús. Pero la hospitalidad de Marta beneficia a su familia. De hecho, encuentra su reflejo en la actitud de su hermana María que, sentada a los pies del Señor, escucha su palabra. Una palabra de vida y de salvación.
- Señor Jesús, deseamos cumplir esta obra de misericordia que nos invita a acoger al forastero. Ayúdanos a superar nuestros prejuicios. Que tu Iglesia sea un hogar de acogida y de hospitalidad para que nadie se sienta extraño en ella. Amén. 
 
                                                          José-Román Flecha Andrés