Lunes, 11 de diciembre de 2017

Rito de las luciérnagas

Rito de las luciérnagas. Ritos del estío. Porque el ser humano es un ser ritual. Porque los ritos actúan como conjuros para librarnos de lo anodino, de lo trivial, de todo lo mortecino en que, tantas veces, cae por desgracia la vida

Julio también es el mes de las luciérnagas. Sus segmentos de luz pueden contemplarse en las noches, a poco que salgamos de nuestra población y recorramos los caminos próximos. Estos puntos de luz de las luciérnagas son como irradiaciones estelares que, desde la tierra, quisieran trazar correspondencias con todas las constelaciones de estrellas del cielo inabarcable de las noches de verano.

            Cuando éramos niños, en Alfranca (ensoñación literaria de La Alberca) las llamábamos ‘luceros’. –Mirad –nos decían el abuelo o el padre, cuando volvíamos al anochecer de trabajar en el huerto, de su mano–, ya están los luceros.

            Se asentaban en las paredes de granito, o entre las florestas vegetales junto a los caminos. Y nosotros alargábamos la mano, cogíamos al ‘lucero’ y lo poníamos en el cuenco de la misma, para sentir esa luminosidad solar y casi verde que desprendían, al tiempo que un pequeño cosquilleo debido a los movimientos tan diminutos del insecto. Fue nuestra vivencia inicial e iniciática con las luciérnagas.

            Desde hace ya muchos años, cuando llega julio y, terminado el curso, emprendemos nuestra marcha a Alfranca, donde solemos pasar el tiempo veraniego y vacacional, todas las noches, sobre todo en la primera quincena del mes, que es cuando lucen, realizamos un rito particular, y ya familiar también: el rito de las luciérnagas.

            Subimos, ya anochecido, por la carretera que conduce de Alfranca a Batuecas y, nada más salir del casco de la población y dejar atrás la iluminación eléctrica, nos adentramos en el misterio de la noche. La tenue y lechosa luz de la luna, cuando la hay, sirve apenas de guía para orientarse. Los grillos entonan su melopea monótona y persistente dirigida al cosmos. De vez en cuando, la coruja emite sus espaciados sonidos de ave del misterio, para decirnos que todavía quedan territorios incógnitos, que todavía hay y habrá siempre un más allá, fuera del alcance de lo trivial y anodino.

            Y comienzan a aparecer, en ambos flancos de la carretera, entre zarzas y helechos y chaguarzos y maraña vegetal, los ‘luceros’, las luciérnagas, con sus puntos de luz tan hermosos, que nos hechizan y de los cuales comenzamos a realizar el recuento. A ver cuántas vemos cada noche.

            Y, en silencio, cada uno para sí, vamos asociando cada luciérnaga con un ser querido, con un ser que nos importa, y le deseamos que todo ese año, hasta el verano siguiente, le vaya bien en su existir, en su vida, en su andadura vital o existencial. Es nuestro rito de las luciérnagas; un rito de amor y de vinculación con los seres humanos que más nos interesan.

            Y, así, noche a noche, hasta que, ya avanzado julio, antes incluso de alcanzar la festividad de Santiago apóstol, los ‘luceros’, las luciérnagas ya dejan de lucir, porque guardan su luz hasta el próximo verano, como promesa de que el tiempo y la vida jamás se extinguen.

            Rito de las luciérnagas. Ritos del estío. Porque el ser humano es un ser ritual. Porque los ritos actúan como conjuros para librarnos de lo anodino, de lo trivial, de todo lo mortecino en que, tantas veces, cae por desgracia la vida.