Viernes, 15 de diciembre de 2017

Repetir (otra) felicidad

“Nunca vuelvas al lugar donde fuiste feliz”. Supongo que la sentencia la acuñó alguien que no tuvo una buena segunda experiencia al pasar de nuevo por el mismo lugar. Eso y que se pensaba que allí, pasado el tiempo, se iba a encontrar con las mismas personas, la misma experiencia y las mismas sensaciones olvidándose que ni siquiera él mismo era el mismo. Porque el tiempo nos transforma. Evolucionamos –o involucionamos-. Hay quien madura y quien se pudre. Quien adquiere poso y quien se revuelve –o le revuelven. O se deja revolver-. Pero nada ni nadie es lo mismo y ningún tiempo pasado fue mejor. Ni peor. Sólo pasado. Y diferente.

La semana pasada volví a un lugar en el que fui muy feliz durante ocho años de mi vida. Mucho. Un espacio alegre y luminoso en el que tuve la suerte de conocer y compartir unos años muy importantes con personas de una pieza. Compañeros con una calidad y una calidez que, pasado el tiempo, no sólo mantienen sino que han incrementado cultivando su modo de ser, estar y relacionarse. Delicatesen de gente.

Hacía siete años que no volvía a encontrarme así, con todos ellos a la vez. En un par de ocasiones me sentí obligado a acompañarles por dos terribles pérdidas. La última fue a primeros de diciembre del pasado año. Un auténtico hachazo. El alma del grupo se fue antes de tiempo. Y allí me planté de noche, después del partido que ganó nuestro equipo común. Para abrazar a su joven viuda, para observar a sus dos huérfanos desorientados y para pasar unos minutos a solas velando su cuerpo y prometiéndole que volvería, por él, a celebrar el cumpleaños de su chica en verano y la fiesta de su patrón, al que recordaba poniendo siempre el corazón en las manos. Y lo hice. Lo volveré a hacer.

Hacía siete años que no me reía con los compañeros que fueron mi familia en una época de muchos cambios y crecimiento. Recordamos nuestro paso por Oporto y por Roma, todos juntos, con las familias. Y cómo empezamos en la comunidad y fuimos creciendo. La construcción del edificio nuevo, las publicaciones, los cursos, la memoria, los días de encuentro, el trabajo, la fiesta, la fe, la vida. Y volví a abrazar a Rosa. Y estaba José Luis en todos y cada uno. Le recordó el alcalde de Tres Cantos. Jamás le podrá olvidar su amigo y hermano José Carlos. Ni Filu, ni Juan, ni Feli, ni la otra Rosa, ni Puri, ni Pilar, ni Juanma, ni ninguno de los hombres y mujeres que cuidan y enseñan a cuidar en el Centro San Camilo donde religiosos, laicos, trabajadores y voluntarios cuidan y enseñan a cuidar como lo hace una madre con su único hijo enfermo, humanizando la salud.

Y siempre que pueda volveré al lugar donde durante tanto tiempo fui feliz.