Martes, 12 de diciembre de 2017

Puntos de fuga > El territorio interior

¿Cómo expresar aquello que no logro del todo comprender? Ah, las grandes rutas, que se dibujan con amplitud en el flanco de las montañas, parecen hablar de lejos, garantizar la evidencia de un signo que trazan bajo las nubes, un signo inalterable, misterioso en la movilidad del cielo y de las cosas.

Yves Bonnefoy

Se tiene casi por un axioma que el verano, que ahora inunda el hemisferio norte, es tiempo  para el viaje, que viene a ser una suerte de cambio. Se nos ofrece esa percepción, para algunos ilusoria, que significa poder disfrutar de/del tiempo, al poder lentificar el paso y, aunque fugazmente, ser capaces de mirar a nuestro alrededor para aprender también a mirarnos. Al final, quizá lo que sucede es que en este espacio de tiempo somos algo más conscientes de nosotros mismos, debido, casi con seguridad, a ese alivio en los ritmos.

Por ese motivo, durante estas semanas veraniegas, mi intención es compartir con ustedes estos Puntos de fuga sabatinos donde podamos trenzar palabras, imágenes y sonidos, ofreciendo sentido al significado geométrico de la expresión. En ningún caso pretendo hablarles de zonas o palancas para la huida o la evasión, como pudiera darse a entender por el enunciado del artículo. Mi deseo es poder dar perspectiva, amplitud  a nuestra mirada, contando con ese elemento y su percepción al que llamamos tiempo, jugar con sus propiedades veraniegas para adensarse en él, y que éstas puedan correr a nuestro favor.

Y en esta primera inmersión semanal, me gustaría comenzar  con un estimulante texto del poeta y crítico de arte, por citar sólo dos de sus campos de trabajo, Ives Bonnefoy, que vengo de leer y quiero compartir con ustedes.

El territorio interior es un compendio de incitantes reflexiones, consecuencia del viaje del autor por lugares y espacios, sobre todo de la Italia del arte, aunque no solo de ese país. Nos encontramos frente a una suerte de monólogos dialogados y evocaciones del escritor ante lo que presencia: mira, ve, y enhebra, buscando ensamblar las sensaciones, necesariamente fragmentadas, y lo lleva a cabo escrutando y poniendo a prueba ese espacio íntimo del territorio interior.

Si las orillas me atraen, mucho más la idea de un territorio interior, protegido por la amplitud de sus montañas, sellado como el inconsciente. Camino cerca del agua, miro la espuma que se mueve, signo que busca una forma, en vano. El olivo, el calor, la sal que a la piel se adhiere, qué más desear –sin embargo–, es el camino verdadero el que se aleja, más allá, por pasajes rocosos, ocultos cada vez más. Nos predice el autor, al iniciar este camino por el que pretende adentrarse.

Su libro, maravillosamente editado por Sexto Piso, se acompaña de una serie de ilustraciones pictóricas, construcciones y paisajes que agudizan nuestra mirada junto a la del poeta francés, y que dan sentido a la frase de otro autor y músico francés del que hablaremos más tarde: no sabemos qué sorpresas nos deparará el pasado. En mi caso, me hicieron pensar de inmediato en otro viajero, W. G.  Sebald, y su libro Los anillos de Saturno, también recomendable.

Pero de forma mucho más intensa y penetrante me llevaron hasta Villa Amalia, una cinta de Benoît Jacquot, con la inigualable presencia de Isabelle Huppert, donde se nos cuenta la historia de una pianista que quiere desaparecer (abandona trabajo, marido e identidad) para encontrase de nuevo, después de finalizar un viaje iniciático con un recorrido que pudiera entenderse como contrario al habitual.

Trayecto que lleva a nuestra protagonista a descubrirse en una nueva mirada sobre el mundo en una ascética casa, encaramada (no casualmente) en un solitario arrecife de una isla al sur de Italia.

La película, sobria en sus diálogos, y con una construcción donde los fragmentos de sus diferentes viajes, tanto físicos como personales, busca y demanda el encaje y la respuesta del espectador. Está basada en una novela, de título homónimo, de otro grande de la literatura francesa, Pascal Quignard, que también construye su texto enlazado diferentes elementos del viaje de su protagonista, Ann Hidden, porque en palabras del autor: la fragmentación es el alma del arte.

Por cierto, no pretendo que pueda significar algo, ni con ello poner en solfa a nadie, pero me resultó curioso, y mucho más después de ver la película, que el día en que me la eché a los ojos se celebraba la final del mundial de fútbol en el que España se hizo con la copa: era la sesión de la ocho, y en la sala de cine estábamos una docena de personas con la mirada prendida en estas cosas.

Hay, por último, otro aspecto destacable en el film: me refiero a la música. Ya he comentado que la protagonista es concertista de piano, y las piezas que escuchamos de su banda sonora nos pautan claramente el estado anímico en el que se encuentra la actriz principal de la película. Pero recuerdo el impacto que me/nos produjo la secuencia en la que la mujer sube la escarpada ruta hasta la casa para, en cierto momento,  descalzarse y continuar la ascensión, mientras escuchamos a la voz de Alfred Deller interpretar O solitude,  poema musicado por Henry Purcell. La melodía de la canción nos removió en nuestra butaca hasta lo más profundo (desconozco si la selección española había marcado el gol de su victoria en ese momento), y también el sentido sus versos que reflejan en parte  lo que he venido contando.

Quignard lo condensa con habilidad en sus palabras hay un placer no en estar solo, sino en ser capaz de estarlo. Que, convendrán conmigo, en ningún caso significa prescindir de los otros.

Imágenes: La primera y segunda corresponden respectivamente a Piero della Francesca y Villa Amalia.

Rafael Muñoz