Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Cervantes y Salamanca I

Don Miguel de Cervantes, amigo de Salamanca y este año especialmente recordado, me da pie para algunos comentarios en estas semanas de verano adormecido y de incierta espera política. Y comienzo, como no podía ser menos con la conocida y celebrada cita de El Licenciado Vidriera, tan “salmantino” él.  Tomás Rodaja, el futuro licenciado, que al final acabaría en Rueda por sonar mejor y vestido de soldado en Flandes, les dice a sus amos, en la segunda página del relato, que quiere volver a Salamanca porque, argumentaba el escritor no el protagonista, “enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado”.

Y en esas estamos después de cuatro siglos.  Y me limito ahora a lo de “apacibilidad”, que se refiere a la virtud de lo que es tranquiloagradable. Y Salamanca, en buena parte, a pesar de muchos males y contratiempos, sigue siendo una ciudad apacible, tranquila y agradable.

Hay que pasear a horas de sol suave por calles, plazas y riberas. La lista es interminable, el frescor junto a la pesquera de El Cabildo, la postal casi excesiva desde la chopera del Arrabal o el sosiego de La Compañía en un día sin clases o su vaivén juvenil en día académico, la extraña soledad del Campo de San Francisco, la suave sensación de bienestar en un banco del parque de Villar y Macías, la variedad y sociabilidad en La Alamedilla, la extraña quietud entre los cipreses de la plaza de La Libertad o el alto y tranquilo paseo entre flores y toreros delante mismo de la Plaza de Toros, los largos y sombreados caminos de la Huerta de los Jesuitas o el trémulo y amoroso bienestar en el Jardín de Calixto y Melibea o el rumor matutino de La Plaza a primera hora y el ruido lleno de voces que zumba en pleno mediodía. Y cien espacios más, que no es cuestión de demostrar nada alargando la lista. Apacible, tranquila y agradable ciudad. Un noble acto de lucidez ciudadana será disfrutarla, cuidarla y compartirla.

Y es también agradable y serena por los ecos y memorias que encierra y deja ver y leer. Es un diario íntimo de pasos y experiencias. Ahí queda pensativo y callado el maestro Salinas, tan nuestro; algo más allá Fray Luis aquieta con su mano su ánimo duro y severo; casi escondida, como debe, la Celestina recuerda lances de amores, tan de aquel lugar donde se oculta; el lazarillo y su amo en la ribera del río contemplan, más allá de la ceguera, el discurrir de aguas y gentes; el meticuloso Nebrija sentado en su mesa de trabajo, silencioso y fecundo; Fray Juan, el de la Cruz, escribe en libro de bronce sus versos de oro en llamas y de barro vivo; José Ledesma, con su gorra inevitable, sigue sentado pensando en su apacible Salamanca; o algo más en alto la segura y quieta figura de Fray Vitoria sugiriendo su firmeza ante el emperador y sus leyes de Indias.

Y junto a La Cueva la mirada abierta y aguda de la cabeza de Diego Torres; Colón, recibido en San Esteban y asentado en Valcuevo, mantiene incansable el gesto y el ademán; Góngora sugestivo siempre y de lectura difícil; Madre Bonifacia estilizada aunque no lo fuera y de a pie como así fue; La Familia casi Sagrada en la escondida calle Numancia; ya ante el arco de San Pablo el sereno diálogo a plena vista de quien quiera verlo que mantienen Churriguera y Del Castillo o la pensativa y creadora mente reflejada en el rostro de Don Gonzalo sentado en su mesa del Café; la mirada serena como entre visillos de Carmen Martín en el lateral de Los Bandos.

Y siguen la tendida sirena humana descansando indolente y tranquila junto al agua del estanque; la escena, casi minimalista y plena de apacibilidad, de los niños que juegan y saltan en la Plaza del Campo Charro; la mujer sin nombre entre curvas maternales en Pozo hilera; Juan el de Sahagún en brazos abiertos a la paz de una ciudad en revuelta de apellidos; el príncipe, descansado y mortal, que quizás también finó por casar en otro sentido del por; Don Miguel, manos atrás, frente poderosa y mente en ebullición; Francisco el de Asís desprendido y escueto, hueco de nada con algún pobre siempre alrededor; Rafael, el Farina de toda la vida, tan pequeña su estatua pero con mi Salamanca a cuestas; Teresa la Santa envuelta en arrobamiento y en mística ascensión; Fray Luis de Granada, austero, solo y arropado; la sosegada y gallarda figura del Vaquero charro en plena dehesa de reses bravas; Gabriel y Galán con túnica urbana y añoranza de aldea… Y más.

Basta pasar quedo y cuitado junto a cualquiera de estas figuras y dejarse llevar por lo que dicen casi siempre en clave de casa sosegada y de ánimo sereno, pues su Historia, que en ellas vive y perdura, es fuente deliciosa de pacífica sabiduría diaria. Por eso, supongo, están puestas a lo público, expuestas para ser oídas y propuestas con intención al ciudadano que pasa.

Y muchas cosas más alrededor de aquella alabanza de Cervantes a esta ciudad de Salamanca en su Licenciado Vidriera; me quedaría desear que los que la habitamos, de pasada o de quieto, fuéramos dignos de esa apacibilidad que alaba Don Miguel y que cada día hiciéramos verdadera y visible tan alta alabanza. Amén.