Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El tótem

El tótem ibérico es ese que tenemos ahí mismo, a la salida, o entrada, según se mire, de la ciudad, junto al Puente Romano: un híbrido de toro y verraco, siempre macho, que nos legaron nuestros antepasados los vetones, que, como en toda la península, en las dehesas de pastos y encinares, pastoreaban manadas  de toros y piaras de cerdos y se  alimentaban de sus carnes. Qué menos que su veneración y su recuerdo y legado a la posteridad. El culto al tótem se extendió por toda la Iberia y siguen en pié sus santuarios, como en los “Toros de Guisando”, unos como vestigios del culto ancestral en cualquier cruce de caminos, y otros  vivos en las plazas y calles de  nuestras ciudades y pueblos. Porque el pueblo ibérico se sigue alimentando de la carne de “toro” o de los embutidos “ibéricos”. Las fiestas y sacrificios en honor del tótem siguen celebrándose puntualmente cada año en los distintos santuarios, especialmente cuando empieza a apretar el frió del invierno o el calor del verano. Unas como culto más familiar en la “matanza” del cerdo, con discurso de famoso incluido y jolgorio y comilona de sus intestinos, después de haberlo sangrado en el tajón, como un altar de tronco  de vieja encina, y encendido después el fuego purificador con la paja de los rastrojos, que le deje la piel limpia antes de descuartizarlo. El más famoso de esos santuarios vivos y pujantes hoy es el de la “Fiesta”. Llegan peregrinos de todos los países del mundo para presenciar y correr en el “encierro” antes del sacrificio, llamados pertinazmente por las trompetas y altavoces de todas las televisiones, que cada años convocan a los devotos y atormentan a los menos devotos y nos ofrecen en vivo y en directo a todas horas la sangre que corre por el altar empedrado de las calles y plazas, bien sea de los toros, o de un torero, o de un “corredor” o “mozo” japonés corneado en el estómago por uno de los astados que se separó de la manada. En la fiesta en honor del tótem se mezclan y confunden todos los ritos de razas y religiones: desde San Fermín al chupinazo de luz y fuegos artificiales, con el discurso del hechicero de la tribu y los vítores de la multitud, vestidos todos del color de la sangre que esperan con ansiedad que sea derramada cuando empiece la lucha entre la bestia y el hombre, derramada en medio del “furor orgiástico” de todo el pueblo, alimentado con la sangre de los “cogidos” mezclada con la de los toros y con el alcohol. Y en la “euforia” de la bacanal que se contagia, la orgía sexual, grabada por teléfono móvil. Y al atardecer el último en morir, el toro, en el ruedo, el gran altar redondo. O quizá en la pelea gane el toro y sea el torero el que muera corneado por su contrincante, después de que lo ha burlado con el capote y la muleta, en la arena o en enfermería de la plaza, mientras se van apagando las luces de la “Fiesta”.