Sábado, 16 de diciembre de 2017

Un barco a la deriva.

Adorno consideraba a Paul Valéry como el ensayista, pensador y poeta francés que más influyó en la obra de Walter Benjamin. En 1919, Valéry, publicó una pequeña obra titulada: La Crise de l’Esprit. Contenía dos cartas. La primera comenzaba con esta contundente frase: “Nous autres, civilisations, nous savons maintenant que nous sommes mortelles” (“Nosotras, las civilizaciones, ahora sabemos acerca de nuestra mortalidad”) Se refería a nuestra civilización occidental y europea. Sus reflexiones sólo alcanzaban hasta el desastre de la Primera Guerra. Murió en 1945. George Steiner, profesor de literatura comparada en Cambridge, judío, políglota, ensayista, trashumante, descreído y humanista lo cita en una larga entrevista mantenida con la periodista francesa Laure Adler publicada por Flammarion en el 2014 (“Un largo sábado”. Siruela 2016). Merece la pena leerlo.  La Unión Europea, pareciera, ha entrado en una etapa de disolución. Sesenta años, desde la firma del Tratado de Roma, han bastado para pasar de la ilusión al desánimo. Los distintos sondeos de opinión entre la ciudadanía europea así lo indican. Pasar las fronteras con el DNI tan solo, manejarte con la misma moneda en Holanda o España, participar de los mismos valores y seguridades democráticos ¡Qué privilegio¡ Ese ensueño, sin embargo, se disipa a ojos vistas. Se pudo avanzar hacia una unidad política y fiscal efectiva y no se hizo. Los mecanismos de prevención y sanción acordados y refrendados por los gobiernos podrían haber sido legitimados por una ciudadanía más activa e implicada y no se procuró. Europa debería ser algo más que un conjunto de reglas destinadas a controlar el funcionamiento de los mercados. Más aún, la opacidad en la gestión y los lobbies que condicionan el funcionamiento de sus instituciones, la posición privilegiada de algún estado miembro respecto del resto (los del sur, por ejemplo) y la permanente incertidumbre que rodea el futuro de este proyecto cooperan a su descrédito. La actuación habida con el pueblo griego ha sido intolerable. Allí pagaron justos por pecadores. Es decir, los culpables no fueron los gobernantes corruptos que llevaron a la bancarrota a ese país (Bruselas sabía y les encubría) y sí los ciudadanos. O sea, los populistas de Syriza. Una UE que defiende a los acreedores y para nada a las personas corrientes y molientes no suscita, a mí al menos, ningún entusiasmo. Y una UE que deja varados a cientos de miles de refugiados, en su territorio, sin prestarles la menor atención, aún menos. El Reino Unido, pragmático él, tiró la toalla. Noticia pésima para la Unión. Los nacionalismos fascistoides asoman las orejas. Entretanto, aquí en España…. ¿Qué opinan Vds.? Para echarse a llorar.

PD. La libra, al día de hoy, rebota con fuerza en los mercados. Nos tratan como a pardillos.