Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Raquel Sanz: "Todos los niños de Sepúlveda tienen un capote por Víctor"

La viuda de Víctor Barrio espera que al menos esta tragedia sirva de punto de inflexión para que triunfe el respeto

Aún está atravesada por el dolor. El inmediato, el que no te deja respirar, el que te invade los rincones de la casa más que las pelusas que el verano le regala a los rincones. Aún le quedan lágrimas para llorar zumo de limón mientras se aviene con el desalmado destino que le arrebató el mañana. Aún es Raquel, la mujer de los ojos inmensos y la sonrisa brillante, pero a Raquel le falta hoy una parte de sí sobre la que construyó su vida. Y aún así, saca entereza para hablar.

"Realmente no la tengo, Marco", me dice con tranquilidad, como la que adopta quien empieza a asumir sus circunstancias, "yo creo que me la inyecta él, porque si no, sería imposible". Es ese hilo que siempre mantuvieron, que aprendieron a tejer y a hacer aún más grueso a medida que cumplían sus pequeñas metas. Porque las mayores, las que siempre decoraban el baúl de los deseos, se las dejó Víctor en prenda a su mujer para que las trocase en suyas. Los dos supieron arrodillarse ante el otro para servir de cimiento a los sueños comunes y esa es, tal vez, la grandeza de haber sido mucho más que uno solo.

Eran todavía unos niños jugando a ser mayores cuando se cruzaron sus caminos. Él, un tipo larguirucho, risueño y afilado salido de Grajera; ella, una mujercita hermosa, soñadora y decidida que quería contar historias. Aprendieron el valor del respeto, de la constancia, del tesón y del trabajo. Y descubrieron juntos la inmensa fuerza del apoyo y del abrazo. Él, vehemente y luchador, decidió poner la vida y la ilusión en el sueño de ser torero. Ella lo fue con él desde su bendita locura de juntar palabras, y las puso a su merced mientras el se desvivía por que ella fuese feliz con su vocación. Fueron uno hasta tal punto que los que circundábamos su mundo no entendíamos a uno sin el concurso de la otra. Y viceversa. 

"Estábamos juntos desde antes de que él quisiese ser torero", recuerda Raquel. Porque Víctor llegó a la pelea cuando a otros de su misma edad ya los habían aburrido los rigores del invierno. Y lo sufrieron juntos. Y lo disfrutaron juntos. "Este mundo del toro, en las tripas, es injusto, arbitrario, cruel y hasta mezquino", explica Raquel casi con resignación, "pero en estos días me ha demostrado que es una gran familia cuando se une, y nunca podré agradecer todo el apoyo que me ha brindado. He recibido miles de mensajes de gente que no conocía enviándome su abrazo y compartiendo mi dolor. En un montón de idiomas, desde un montón de lugares diseminados por el mundo. Y eso te dice lo grande que es este mundo".

También ha habido otro tipo de mensajes. Los de los que no son conscientes de su propia enfermedad, pero la padecen. A esos sólo les pide "respeto". Porque nunca serán capaces de comprender la pasión con que Víctor se entregaba a todos los proyectos que nunca terminaban. "Nunca he visto a nadie luchar como él por su pasión. Por eso me entregaba yo con él. Tal vez no fuese el que mejor manejaba la muleta, ni el de la técnica más depurada, yo no soy profesional y eso no lo sé definir. Lo que sí sé es que se entregaba a su obra en cuerpo y alma, con ese valor inmenso que siempre tuvo para todo", explica Raquel. Y lo tuvo. También para hacerle frente a las injusticias del sistema y para mantener su dignidad ante las golferías de los que lo corrompen. Porque el magnetismo que tenía Víctor para encandilar a la gente también era firme carácter para no consentir un pisotón. "Por eso iba a verle, porque era mi torero. Otros siguen a Morante, a José Tomás, a Juli. Yo iba a ver a Víctor porque me encantaba verle torear".

A ella y a una legión de seguidores y amigos, Los Barrieros dieron en llamarse, que ahora "se han quedado huérfanos y desconsolados. No sólo por el torero, sino por la persona que siempre estuvo con ellos". Esa era otra de sus facetas. Víctor se desvivía por y para los niños. "Él fue el primero en organizar concentraciones de niños para enseñarles a torear de salón y jugar al toro con ellos", recuerda Raquel, "y ahora se está celebrando en cada rincón. Ese será, sin duda, uno de sus legados. Siendo aún un novillero sin ninguna fuerza, organizó un partido de fútbol benéfico para comprar trastos de torear para los niños de Sepúlveda. Hoy todos tienen un capote porque se empeñó Victor". Así era el segoviano. Pero iba aún más lejos. "Una vez nos sobró un trozo grande de moqueta roja de un evento que nadie quiso para nada. Él se dedicó a cortarla para hacer muletas para los niños y se las fue regalando a todos personalmente", rememora con cariño Raquel.

También a los mayores, porque siempre quiso compartir la que era su pasión con los demás. "La Tauromaquia no hay que defenderla", aseguraba siempre, "hay que enseñarla". Raquel también lo recuerda. Como recuerda que su marido "quedaba una vez al mes con su grupo de aficionados prácticos para enseñarles a torear, para compartir con ellos sus conocimientos, sus vivencias, su saber. Y todos lo adoraban". Siempre nos quedamos con lo bueno del que se va, pero es que este Barrio -lo suscribo- era un tipazo.

Lo era para los que amaban su pasión, para los que defendían lo que él amaba, pero también para los que no pensaban como él. Lo era, sobre todo, para la esposa con la que decidió irse a vivir a Sepúlveda, a la tranquilidad del pueblo para alejarse del ruido de Madrid. "Tal vez yo perdí con esa decisión oportunidades laborales", reflexiona Raquel en voz alta, "pero aquí éramos muy felices, Marco".

Luego ella decidió emprender la aventura política y fue elegida concejal en su pueblo. "Víctor me acompañaba muchas veces a los plenos y me guiñaba un ojo con alguna intervención, me expresaba sus opiniones, y yo sentía su apoyo sólo con el hecho de que él estuviera allí. Ahora me pregunto qué voy a hacer cuando vea que no está...". Hay una pausa. Aún está reciente la herida, aún sangra. Es normal. Aún está caliente el recuerdo de su voz. Ahora a Raquel le gustaría que esta tragedia no haya sido en vano. Le gustaría que la vida de Víctor no se desperdicie en la intolerancia, en la incomprensión, en la diáspora de los que forman la que hoy entiende como una gran familia.

Hoy el mundo del toro gritaba un 'Basta ya' a la falta de respeto y a los ultrajes de los mensajes inhumanos vertidos con el bajo vientre para convertir en vulgar estercolero la red que comunica a los semejantes. Raquel, la diana principal de los venablos envenenados, tiene la esperanza de que se haya creado un punto de inflexión. Y entonces la sangre de Víctor nos habrá redimido para crear un mundo mejor.

Por MARCO A. HIERRO (CULTORO)