Lunes, 18 de diciembre de 2017

La cámara de Raquel

Cuando se comparte el miedo, el miedo se achica, parece que mengua. Mi amiga Rosa está desorientada porque dice compungida que en su vida de aficionada había visto algo así: que el toro matara al torero. Lo usual es la viceversa. Ella es una aficionada de sentimiento, de corazón, es una buena aficionada porque entiende las leyes del misterio monástico que se impone el torero en su vida; del cilicio que gestiona su sorprendente vitalidad física y mental. Rosa intuye, no sin razón, que caminar a diario, aunque sea durante dos horas, al borde de un precipicio intentando cincelar bellos momentos  con la curvatura de dos puñales como materia prima, eso tiene que hacerlo sólo gente muy especial, eso es admirable. Porque la vida es admirable y ponerla en un brete un día sí y otro también voluntariamente para dominar otra fuerza extraordinaria y modelarla en expresión estética…conlleva una doble admiración. Es lo que ama Rosa. Es hermosa esta parte del toreo. Y quédome pensativo ante su tristeza, que pasará Dios mediante. Es su primer torero muerto en el siglo XXI. En el XX yo viví tres con especial lágrima: la de José Falcón (iba de niño a su casa de la calle Los Ovalle a pedirle fotografías) la de Paquirri (¡siempre tan sobrao!) y la de Yiyo (joven maestro).

 La cámara de Raquel (esposa de Victor, con la que iba siempre) va a dejar impresa en la memoria de la historia del toreo el último suspiro de un mártir admirable.