Martes, 12 de diciembre de 2017

Miguel Ángel Blanco, una tarde de julio, entre la vida y la muerte

Recordar la vida en una tarde como la del 12 de julio de 1997, en la que ni la Esperanza es capaz de poner calma en nuestro maltrecho corazón

Jamás olvidaré aquella tarde. Hacía tanto calor como hoy y, aunque por motivos distintos, mi estado de ánimo contribuía a estar más sensible que en otras ocasiones. No creo en las casualidades. Quien me conoce bien sabe que soy fiel al criterio de que las cosas pasan por alguna razón. Nada es porque sí.

Llevábamos dos días con el corazón encogido. ETA acarreaba muchos asesinatos a sus espaldas. Tantos que, cuando escuchábamos la muerte de un civil, un militar o quien quiera que fuera, ya lo asumíamos como algo consustancial a nuestra sociedad. ETA se había metido de lleno en nuestras vidas e incluso algunos, bastantes, justificaban su terror como una lucha propia del nacionalismo vasco. Otros, por miedo, callaban y eran sumisos a sus continuas extorsiones. ¡Siempre el miedo es el principal aliado de los que matan, de los que asesinan, de los maltratadores!

No soy derechas, quienes me conocen bien, lo saben. Nunca lo he sido ni lo seré. Soy demócrata, tanto que puede que tenga más amigos en el PP que en el PSOE o en IU, aunque en estos momentos no dé ni un céntimo por ninguno de ellos. Pero Miguel Ángel Blanco (13-05-68/13-07-1997) era y fue para mí más que un concejal del Partido Popular.

Fue el elegido como moneda de cambio para chantajear a un gobierno que no cedió a las pretensiones de los malnacidos etarras, quienes secuestraron a este servidor del pueblo solamente porque querían que acercasen a sus compañeros presos a las cárceles vascas. Y si no, lo asesinarían. ¿Puede haber mayor extorsión que ésta? Se me antoja que no, lo que no me impide pensar que hoy día hay muchos indeseables que chantajean a sus víctimas con amenazas constantes a cambio de ejercer su poder, su paranoico dominio de posesión, a través del maltrato físico o psicológico, incluso hasta acabar con sus vidas. Y de nuevo el miedo se hace presente.

Miedo que en el caso del secuestro de Miguel Ángel Blanco se tornó en el mayor acto de repulsa jamás demostrado contra ETA, al menos de esas características, dando paso a movilizaciones ciudadanas que gritaban, con el mayor de los silencios, LIBERTAD, LIBERTAD y LIBERTAD. Manifestaciones por toda España contra la tiranía del terrorismo, contra la violencia, a favor de la democracia y, por descontado, pidiendo la liberación de alguien que sólo ejercía su responsabilidad en un ayuntamiento de un pueblo, Ermua, que lo eligió para vivir en paz y libertad y no para que entregara su vida en manos de un tal Txapote, uno de tantos sin escrúpulos, que se consideró dueño y señor de la vida ajena, de la de Miguel Ángel.

Aquella tarde del sábado 12 de julio de 1997, hace 19 años, lloré en soledad la muerte de Miguel Ángel Blanco (realmente murió en la madrugada del 13, pero el cabrón del etarra le disparó en la maldita sobremesa de dia12).

Como decía anteriormente, su secuestro supuso un importante gesto de rechazo ciudadano, que no fue superior al vivido tras su asesinato. Recuerdo aquella vigilia improvisada bajo la fachada del ayuntamiento salmantino. Aquellas velas rojas, aquél silencio que estremecía mi cuerpo a pesar de las altas temperaturas. Y más lágrimas. Lágrimas de dolor, de impotencia, de rabia, de angustia, de pensamientos impropios de alguien con unos principios como los míos (ojo por ojo, pena de muerte, cadena perpetua).

Diecinueve años que no solo sirven para recordar que un joven murió asesinado de la manera más vil e injusta; diecinueve años para aportar al presente que han sido muchos y muchas las gentes que han muerto por la libertad de un país, de una nación. Diecinueve años que me traen a la memoria muertes como las de los abogados de Atocha o la de la estudiante Yolanda González, el atentado de Hipercor, la ex-etarra Yoyes, la de Francisco Tomás y Valiente o la Ernest Lluch, entre tantas muchas.

“Cuando alguien muere sentimos dolor, pero cuando pensamos en nuestra muerte sentimos miedo”. Esta afirmación procede del filósofo Sabater, la cual no comparto plenamente. Enterré a mi querido padre el día de Nochebuena de 1987. Ese día supe que la muerte y el dolor son todo uno. Por el contrario, perdí el miedo a mi propia muerte. Aprendí y asumí que la muerte vital es algo que ha de ocurrir y que por tanto no he de temerla. Es más, estoy convencido de que mi muerte estará acompañada de EsperanzaEsperanza en una vida mucho mejor que la que tengo en la Tierra, por tanto, que llegue cuando tenga que llegar.

Pero también descubrí que la muerte ajena es el peor de los dolores con el que he de encontrarme. Nunca estaré lo suficientemente preparado para asumir, aceptar y combatir la muerte de otros. Junto al dolor, inmenso dolor, la muerte lleva aparejada la pregunta que nunca deberíamos hacernos y que no podemos evitar: ¿Por qué? Una pregunta cuya respuesta nunca va a paliar el daño, el sufrimiento, la desazón, la desesperanza... Hay quienes afirman que es cuestión de tiempo. Yo digo que el tiempo no cura el dolor, sino que aprendemos a lo largo del tiempo a convivir con él.

Quisiera terminar esta singular reflexión haciendo referencia a otras “muertes”. A esas que no tienen que ver con el cuerpo. Me refiero a la muerte del espíritu, del alma. La que es causada por una ruptura, por un engaño, por una decepción, por un sueño frustrado. “Muertes vivas” que en algunos casos pueden tener “su resurrección” pero que por egoísmo, temor, pasividad o quién sabe por qué motivo, nos empeñamos en adosarlas a nuestro corazón, convirtiendo nuestra vida en una tarde como la del 12 de julio de 1997, en la que ni la Esperanza es capaz de poner calma en nuestro maltrecho corazón.

Cuando eres consciente de la muerte, acabas asumiendo tu propia soledad.

 Ángel Hernández Torres