Lunes, 18 de diciembre de 2017

Ermua, un sentimineto, un espíritu

Hacía calor, disfrutábamos de un verano luminoso y la canícula hacía que cada vez nos fijásemos menos en las noticias, en la vida política, y pensásemos en las vacaciones que observábamos como cercanas; pero, algo sucedió el 10 de julio que nos conmocionó.

Miguel Angel, como cada día, se acercaba al tren de cercanías para trasladarse a su trabajo, en una asesoría de una localidad próxima a su residencia. Era un trabajador, un joven, una persona que se sentía compelida por la política y por trabajar por los demás; pero, ese 10 de julio, no iba a llegar a su trabajo.

Era por allá por el 1997, justo unos días después de regocijarnos por la liberación, el 1 de julio, de José Antonio Ortega Lara, funcionario de prisiones que estuvo secuestrado en un zulo bajo tierra durante 532 días, cuando tuvimos noticia del secuestro de Miguel Angel.   En esta ocasión, la jarca de zurriburris autodenominada ETA emitió un comunicado, a eso de las 18 horas, en el que amenazaba con ejecutar al retenido si el gobierno de Aznar no accedía a acercar los presos de la banda a las cárceles vascas.

La sociedad se dividió entre los que creían que cumplirían su amenaza y los que no, los que se amedrentaban y pedían que se accediese a las peticiones de los asesinos y lo que no; pero, como nunca había pasado antes, toda la sociedad nos unimos en la petición de liberación y con la manos manchadas de blanco pedíamos libertad y paz al grito de “ETA aquí tienes mi nuca

Las alimañas, el día 12 de julio de 1997, aproximadamente a las 18 horas, maniatado, obligado a ponerse de rodillas, en el bosque, el “valiente” “hombre de paz y líder del movimiento de liberación vasco” Gaztelu, en un repugnante acto de “valor” le descerrajó dos disparos en la cabeza a ese joven de 29 años que suponía una amenaza para la vida y el futuro en libertad vasco.       Miguel Angel se mantuvo en vida hasta la madrugada del día 13 de julio en que ya no pudo más y murió.

Tras su muerte, la indignación, el movimiento de las manos blancas y la dignidad de un pueblo, hacían que los políticos asumiesen que sólo con la unidad se podía acabar con ETA, que sólo con la victoria de la democracia se podía acabar con ETA, que no queríamos que las muertes de tantos Migueles fuesen manchadas nuevamente con negociaciones, con pactos, con otra cosa que no fuese la victoria de la democracia y la prisión de los asesinos.                         La vergüenza que hemos vivido después todos la conocemos.

Sólo quería recordar ese movimiento, esa dignidad, esa fuerza, esa unidad y esa sangre de tanto inocente a manos de unos fanáticos que consideran la muerte, la violencia, como instrumentos políticos útiles y necesarios.

Cómo me duele ver cómo ahora todo eso se echó por tierra, y que algunos hablan de hombres de paz refiriéndose a los asesinos de ETA y cómo se admite que la violencia es un arma política legítima sin que nadie haga nada. ¿Dónde vamos?¿Volvemos atrás?