Viernes, 15 de diciembre de 2017

La línea roja

Si yo tuviera madera de político, no me gustaría estar en la piel de Rajoy. Acaba de ganar las elecciones del 26-J sin haber conseguido los escaños necesarios para ser proclamado Presidente sin apoyo externo. Si quiere gobernar, tendrá que hacer peligrosos equilibrios en el alambre.

A pesar de que no doy por definitivamente enterrado el bipartidismo, del momento actual es difícil esperar mayoría absoluta de alguno de los partidos que han gobernado en esta etapa democrática. Tampoco veo a esos dos partidos dispuestos a firmar una coalición que dé paso a un gobierno fuerte y estable, Eso que es tan corriente en varios países de nuestro entorno, será difícil de experimentar en nuestra casa. Les sobra afán de protagonismo y les falta espíritu de servicio. No acaban de asimilar el hecho incuestionable de que, teniendo distinta ideología, pueden existir –y de hecho existen- concepciones análogas de aspectos esenciales en la política de las naciones. El sistema de gobierno, la integridad y unidad de la patria, los derechos y libertades de las personas, el bienestar social o la política exterior –entre otros-, son aspectos que no deberían representar demasiadas discrepancias en los programas de los partidos constitucionalistas. Y, si existieran, estando dispuestos a servir al mayor número de ciudadanos, no sería difícil llegar al consenso, como ha sucedido en otras ocasiones.

 Cuando en el arco parlamentario se han sentado partidos de estas características, pero de pequeña entidad, o no han querido unirse al partido ganador o, cuando lo han hecho, nos ha costado a todos un ojo de la cara. Siempre que se ha dado esta circunstancia, el apoyo ha llegado de partidos nacionalistas  que pretenden conseguir vía chantaje, lo que, a pesar de la ventajosa ley electoral, no han conseguido por medio las urnas. Ahora que hay algún partido emergente que respeta los fundamentos constitucionales, resulta que, aunque sea insuficiente su apoyo, se permite el lujo de ponerse demasiado exquisito. Lo dicho, que Rajoy lo tiene crudo.

 

Somos un pueblo tan particular que lo que se considera normal más allá de nuestras fronteras aquí se ve con recelo. Claro que el mundo está atravesando unos momentos en que los usos y costumbres por los que se ha  regido la civilización hasta hoy están saltando por los aires. Después de guerras que involucraron a todos los continentes, los pueblos fueron capaces  de crear organismos internacionales que se convirtieron en vigilantes de injusticias y abusos. Las buenas intenciones han durado poco tiempo y, lo que antes eran guerras entre continentes, ahora son enfrentamientos entre bloques o entre religiones. El colmo de la aberración es que, cuando está demostrado que la unión hace la fuerza, existen naciones que se desmiembran por culpa de movimientos calificados como nacionalistas pero que, en el fondo, son separatismos independentistas. El ejemplo reciente del BREXIT de Gran Bretaña, amenaza a toda Europa con convertirse en el detonante de las ansias separatistas de varias regiones e ideologías de la geografía continental.

 

Así pues, no es extraño comprobar cómo, ante los primeros movimientos de Rajoy para pulsar las intenciones de los partidos, las primeras reacciones sean  anteponer las peticiones a las ofertas. Es lícito, y muy humano, que las autonomías pretendan mejorar las condiciones de vida de sus gobernados, pero no todo vale. La historia de nuestra joven democracia está llena de ejemplos ilustrativos. A F.González, Aznar, Zapatero o Rajoy podríamos repetirles las palabras de Jesús: El que está libre de pecado, que tire la primera piedra.  Unas veces las ansias de poder y otras la acuciante necesidad de superar situaciones críticas de España, llevaron a más de uno a vergonzosas bajadas de pantalones, con lo que ello ha traído consigo. En más de una ocasión lo concedido excedió de tal forma a lo deseable que aún estamos pagando las consecuencias; en todas, sin embargo, lo que se ha conseguido es abrir la espita para más de un oportunista. Los dirigentes autonómicos no siempre pretenden alcanzar mejoras económicas y sociales –que serían lógicas-; no, algunas veces intercalan peticiones políticas que de antemano saben difíciles de conceder, pero que necesitan exhibir ante sus súbditos. El que deba repartir el queso tiene que tener muy claro hasta dónde debe cortar, si es que piensa en todos los comensales. Es vergonzoso el espectáculo de “chalaneo” de nuestros políticos. Ya hemos comprobado que los españoles, en política, somos mayores de edad y sabremos valorar la responsabilidad de quienes hagan imposible el acuerdo. España necesita urgentemente un gobierno que trate de solucionar los varios problemas que nos acucian, y nuestra economía no está para dispendios evitables. La gráfica de las últimas consultas indica claramente la tendencia del voto, y supongo que, antes de dar lugar a ese desencuentro, los ideólogos de cada partido analizarán las posibles consecuencias para sus formaciones.

Pues bien, a pesar de todo,  ante descarados chantajes, y para no traspasar la línea roja de lo admisible, es preferible repetir las palabras del Almirante Méndez Núñez: Más vale honra sin barcos que barcos sin honra.