Jueves, 14 de diciembre de 2017

Florencio Vicente Cotobal (pequeña memoria)

Los elegidos por los dioses –según el adagio clásico– suelen marcharse del mundo en plena juventud o madurez. Como si la vida debiera ser inmolada antes de alcanzar cualquier decrepitud, para que la decadencia no llegue ni siquiera a asomar en el ser humano elegido.

            Decimos todo esto, porque es perfectamente aplicable al artista salmantino Florencio Vicente Cotobal, que se nos marchara de este mundo en plena madurez pictórica, y diríamos también que vital. Como si ya lo que le quedara por vivir no le perteneciera y no mereciera la pena tampoco.

            Conocí a Florencio Vicente Cotobal a través de un entrañable amigo escritor salmantino, que también se nos fue antes de tiempo de este mundo, que fuera Manuel Díaz Luis, con quien estudie en esos centros impagables, en los que recibiéramos una extraordinaria formación humanística, como fueron Linares de Riofrío y Calatrava (ya en Salamanca).

            A través de Manuel Díaz Luis conocí a Florencio Vicente Cotobal. Manolo lo llamaba siempre “Coto”. “–Tengo que presentarte un día a Coto; es un pintor extraordinario; ya verás cómo te gustará. Y vais a congeniar, lo séseguro.”

            Sí, nos vimos y charlamos en varias ocasiones. Y advertí que Florencio Vicente Cotobal tenía un mundo propio, en el que habitaba de continuo y del que era muy celoso. No es extraño, es una de las señales del artista y del creador verdadero.

            Después de fallecer Manuel Díaz Luis, de una enfermedad incurable, en febrero de 1996, habíamos decidido llevar a cabo un proyecto muy querido para Manolo: reunir todos sus artículos, publicados en un periódico salmantino impreso, con el título de “Bajo la sombra de la catalpa”, con ilustraciones de Florencio Vicente Cotobal.

            El mismo verano del año en que Cotobal moriría, este nos citó un día, antes de comer, en un café de la salmantina plaza del Corrillo para enseñarnos los dibujos que había hecho para ilustrar los textos de “Bajo la sombra de la catalpa”. Eran hermosos, abstractos, un tanto sombríos, como inspirados en formas musgosas de invierno.

            Después, tras la muerte de Cotobal, cuando Juan Francisco Blanco nos propuso editar la obra reunida de Manuel Díaz Luis, bajo el sello de la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura, al contactar con sus padres para buscar tales dibujos, nunca dimos con ellos. ¿Dónde irían a parar? Hubimos de elegir otros, muy hermosos, para mí más luminosos y esenciales, que son los que acompañan la edición.

            Estos días, Florencio Vicente Cotobal está de actualidad –una actualidad que, estamos seguros, no le gustaría nada a él, artista tan celoso de su territorio y de su mundo–, ya que una buena reunión de su obra pictórica, de su obra artística, se expone en Alba de Tormes, en la iglesia de Santiago. Una exposición a cuya contemplación invitamos a todos los salmantinos amantes del arte, del arte verdadero; al tiempo que un buen motivo para revisitar la hermosa villa albense.

            Y quizás tendría que ser esta exposición el motivo para reivindicar la figura artística de Florencio Vicente Cotobal, un artista salmantino verdadero. ¿Ningún joven licenciado en bellas artes se decidirá a realizar una tesis sobre este artista? ¿Ningún estudioso elaboraría alguna monografía sobre él? Estamos necesitados siempre de tales iniciativas, para que el patrimonio cultural salmantino (el más universal y el más valioso) no se desvalorice ni se pierda.